“Yo que tanto callar ya no podía”… (a propósito de la próxima Cumbre del Clima)

jueves, 14 de noviembre de 2019


¡Han pasado cuatro años desde que se suscribieran los Acuerdos de París y se adoptó la Resolución en la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la Agenda 2030 (Objetivos de Desarrollo Sostenible), en  el otoño de 2015! Ha llegado el momento de adoptar, atendiendo puntualmente los datos de rigor científico, las medidas inaplazables propias de la responsabilidad intergeneracional.

Debe comunicarse al Presidente Trump que es intolerable que no siga las pautas suscritas por su antecesor. Y que no se trata de algo que afecte al pueblo norteamericano sino a la Tierra en su conjunto. Es un caso de lesa humanidad… y “Nosotros, los pueblos” no vamos a aceptar lo inaceptable.

Seguimos de cumbre en cumbre… sin que se pongan en práctica a continuación las medidas concretas adoptadas:

-En 1992 se celebró en Río de Janeiro la I Cumbre de la Tierra, suscribiéndose un convenio marco sobre cambio climático en el que los firmantes debían reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero.

-En 1997 se firma el Protocolo de Kyoto dirigido específicamente a los países más desarrollados para que reduzcan emisiones.

-En 2002, la II Cumbre de la Tierra en Johannesburgo…

-En 2015 los Acuerdos de París, en la que todos los países suscriben reducir sus emisiones y, casi simultáneamente, las Naciones Unidas adoptan la Resolución ya mencionada “para transformar el mundo”.

Sin embargo, en lugar de estabilizar o reducir las emisiones, siguen incrementándose. Cada vez los horizontes se ciernen más sombríos en lugar de esclarecerse.

Ciencia y consciencia: ha llegado el momento de decir ¡basta!, de unir manos y voces –ahora que, por fin, “los pueblos” ya pueden expresarse- y forzar acciones que, de otro modo, el “gran dominio”, los grandes consorcios, seguirán entorpeciendo.

Es enormemente decepcionante comprobar que, en 2019, los múltiples aldabonazos sobre la calidad de la habitabilidad de la Tierra y las responsabilidades intergeneracionales  han sido desoídos por gobernantes inoperantes  y amilanados.

Ya en la década de los cincuenta del siglo pasado la UNESCO había creado la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y puesto en marcha programas internacionales geológicos, hidrológicos y oceanográficos, que desembocaron pocos años más tarde en la creación de “El Hombre y la Biosfera”. En 1971, el Club de Roma, con Aurelio Peccei al frente, publica “Los límites del crecimiento” y, en 1979, en la Academia de Ciencias de los Estados Unidos, se advierte  con contundencia de que no sólo  las emisiones se incrementan sino que disminuye la capacidad de recaptura de anhídrido carbónico por parte de los océanos. Inmediatamente se crea por la Exxon Mobile una fundación –favorecida acto seguido por varios países del Golfo en particular- para contrarrestar con falsedades emitidas por científicos a sueldo, las alerta de la Academia de Ciencias. Pasaron varios años hasta que en la revista “Newsweek” se descubrió la gran mentira… y no pasó nada. La fuerza mediática y de distorsión del “gran dominio” (financiero, militar, energético, mediático) es de tal calibre que logra inmediatamente “normalizar” situaciones que deberían, bien al contrario, propiciar acciones muy firmes de asociaciones multilaterales y de países gobernados responsablemente.

En 2015, gracias en buena medida al Presidente Obama -¡hasta el Papa Francisco escribió una encíclica “ecológica”!- se lograron los Acuerdos de París, suscritos por la práctica totalidad de los países del mundo… y todo parecía indicar que iba a reconducirse de forma apropiada un tema que, por tratarse de procesos potencialmente irreversibles, revestía un peligro especial sobre la calidad de la vida en la Tierra.

Sin embargo -siempre el Partido Republicano de los Estados Unidos contra el multilateralismo- el Presidente Trump anunció que no iba a poner en práctica ni los Acuerdos sobre Cambio Climático ni la Agenda 2030 sobre Sostenibilidad, al tiempo que reclamaba con urgencia mayores inversiones para defensa. Y los grupos plutocráticos -¡cómo no!- accedieron inmediatamente para que el “consorcio bélico-industrial” de los Estados Unidos siguiera creciendo y alcanzara a superar los más de 4000 millones diarios con que cuenta actualmente para gastos y armas militares, al tiempo que, no me canso de repetirlo, mueren de hambre miles de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años de edad.

¡Además, Estados Unidos se ha convertido, utilizando el procedimiento  contaminador del “fracking”  en gran productor y exportador (¡) de petróleo! Y es necesario y urgente conocer qué está sucediendo en la Amazonia e identificar a los culpables…

Ha llegado, pues, el momento de la firmeza, de la lúcida advertencia a quienes, por la irreversibilidad potencial de muchos procesos, amenazan gravísimamente el porvenir de la humanidad en su conjunto, de que no hay más gobernanza que la de un multilateralismo bien arropado por todos para intentar detener el deterioro que afectaría a la vida digna de millones de seres humanos.

Hace unos meses propusimos un gran acuerdo de las comunidades académica, científica, artística, literaria,  intelectual en suma (https://aeac.science/pacto2019/ )  para que liderara  e impulsara grandes movilizaciones a escala mundial para el refuerzo inmediato de un  multilateralismo democrático que permitiera la puesta en práctica sin demora de los Acuerdos de París y de la Agenda 2030.

Es ahora insoslayable. Tan sólo hace unos días leíamos en la prensa que “Delhi se ahoga”… Al “portazo” de Trump debe responderse con un gran “portazo” de millones de seres humanos, especialmente los jóvenes, los más afectados por sus medidas contra el conjunto de la humanidad, lo que representaría sin duda un efecto de gran calado y corrector.

Como dijo Garcilaso, ya no podemos callar. Seríamos cómplices de un delito de silencio, de lesa humanidad.


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“Ciencia y sociedad: una visión científica para un futuro diferente”

martes, 5 de noviembre de 2019


Este es el título de la I Conferencia de la AEAC (Asociación Española para el Avance de la Ciencia) que se celebrará los días 5 y 6 de noviembre en Madrid. Ha llegado el  momento –que la  irreversibilidad potencial hace apremiante- de reducir las sombrías tendencias actuales propias de la deriva neoliberal que ha sustituido el multilateralismo por la plutocracia (grupos G7, G8, G20), ha favorecido una economía de especulación, deslocalización productiva y guerra (todos debemos ser conscientes de que cada día se invierten más de 4000 millones de dólares en armas y gastos militares al tiempo que mueren de hambre miles de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años de edad) y ha desoído los llamamientos de la comunidad científica para la oportuna adopción de medidas contra el cambio climático y la puesta en práctica sin dilación de los ODS ( Objetivos de Desarrollo Sostenible, Agenda 2030) adoptados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en noviembre de 2015 “para transformar el mundo”.

Hasta hace poco, la inmensa mayoría de la  humanidad se hallaba sometida a un poder absoluto masculino que imponía el perverso adagio de “si quieres la paz, prepara la guerra”. Y los seres humanos, incapaces de ver más allá de su entorno inmediato, eran obedientes, temerosos, silenciosos… El “gran dominio” (financiero, energético, militar, mediático) ha impuesto sus designios y, progresivamente, el supremacismo, la insolidaridad, la codicia, la indiferencia… se han globalizado.

Ahora, por fin, podría convertirse en realidad el protagonismo que  la primera frase de la Carta de las Naciones Unidas asigna a “los pueblos”. En 1945 era prematuro: todo fueron Estados y hombres en lugar de “pueblos”. Pero ahora hace tres décadas que, con la tecnología digital, los seres humanos saben lo que acontece y, sobre todo, pueden expresarse libremente. Los pueblos ya tienen voz. Y voz no sólo masculina sino también femenina porque la mujer, progresivamente, está alcanzando, en total pie de igualdad, el lugar y el ejercicio de las funciones que le corresponden.

La sociedad ya se halla ahora facultada para tomar en sus manos las riendas del destino común y hacerlo con la fuerza de la razón y no con la razón de la fuerza, con la fuerza de la palabra, germinando la cultura de paz en donde siempre lo hizo la cultura de la guerra, y favoreciendo la solidaridad, las manos abiertas y nunca más alzadas ni armadas.

Ahora ya podemos unir las voces y hacer frente al “gran dominio” con inmensos clamores populares, tanto presenciales como, particularmente, en el ciberespacio. El silencio puede ahora convertirse en el cómplice de la inacción y de la degradación de la calidad de vida. Delito de silencio. Corresponde a las comunidades académica, científica, artística, literaria, intelectual en suma, liderar la movilización ciudadana y llevar a cabo, antes de que sea demasiado tarde, los cambios radicales que son exigibles. Es urgente el mayor número posible de entidades en este Acuerdo para favorecer esta inflexión que, de otro modo, no tendrá lugar. El texto completo del Manifiesto puede hallarse en https://aeac.science/pacto2019/ .

Con mucha dificultad –por el cambio abrupto que representa- la gente se ha ido dando cuenta de que los retos globales requieren respuestas globales y, con mayor dificultad todavía si cabe, de la irrelevancia cuantitativa de la mayoría de países y asociaciones regionales que, como sucedió en Europa hace unos años, pueden representar, no obstante, un gran valor cualitativo (democracia, derechos humanos universales, solidaridad, fomento de la ciencia y la innovación…).

Es inaplazable un nuevo concepto de seguridad que atienda no sólo a la defensa de los territorios sino de las necesidades básicas de los seres humanos que los habitan (alimentación, agua potable, servicios de salud, cuidado del medioambiente, educación). Y un nuevo concepto de trabajo que dé servicio a la sociedad en su conjunto, de tal modo que el progreso científico no actúe en detrimento sino muy a favor de la dignidad de cada ser humano.

Los tiempos actuales se caracterizan por ser convulsos y llenos de sobresaltos. La crispación se contagia y el nivel de autocontrol disminuye. La espiral de protesta se acelera porque representan a sociedades progresivamente conscientes que se movilizan porque aspiran a otro nivel de vida, a otro estilo de vida y a otro futuro. En especial se han movilizado los jóvenes ante la urgencia de medidas que mitiguen el cambio climático, y también las mujeres reclamando igualdad y más oportunidades de ser protagonistas de la historia.

La ciencia debe ayudar al ciudadano para que no quede a merced de unos grandes consorcios internacionales y de unos pocos gobiernos. El difícil equilibrio radica en cómo gestionar social y éticamente la ¿inevitable? Globalización.

Es imprescindible no confundir educación con capacitación, conocimiento con información e información con noticia. Es, pues, preciso, verificar bien las informaciones tan rápidamente asequibles en la actualidad, para que, en breve plazo, la humanidad sea capaz de que sean los conocimientos y no los intereses los que orienten la brújula del mañana.

Hace  un año y medio, un grupo de científicos y ciudadanos creamos la Asociación para el Avance de la Ciencia, AEAC, como un movimiento cívico que plantea la aplicación del método científico al análisis de la realidad y de los retos globales que tiene planteados esta generación. En la conferencia que se va a celebrar próximamente, se plantean temas como: ¿de qué forma actuar frente a la emergencia climática?; la dinámica / equilibrio ciudades y el medio rural; servicios sanitarios de calidad como gran prioridad…

Deseamos unirnos  a la mayor brevedad posible con otras asociaciones y federaciones nacionales e internacionales para, bien unidos y concertados, poder reaccionar a tiempo y favorecer el “cambio de rumbo y nave”, como tan lúcidamente recomendó José Luis Sampedro.

Invitamos a todos a unirse a este movimiento ciencia-sociedad que nos permitirá alinearnos con los Objetivos de Desarrollo Sostenible patrocinados por la ONU como esenciales si queremos transmitir a nuestros descendientes un futuro mejor que nuestro presente.


Ver en el siguiente enlace: https://aeac.science/presentacion-federico-mayor-cys/

30 aniversario de la Convención Internacional de los Derechos del Niño

domingo, 27 de octubre de 2019


Hay que difundirla, hay que proclamar la apremiante necesidad  de su puesta en práctica como prioridad personal y colectiva para hacer frente a los desafíos globales –algunos potencialmente irreversibles- que la deriva neoliberal y su gobernanza plutocrática (G7, G8, G20) ha planteado a la humanidad en su conjunto.

Cada niño es el patrimonio supremo a proteger, a prevenir, a remediar. Sólo si logramos incorporar esta implicación en la “hoja de ruta” del comportamiento cotidiano de todos será posible superar los sombríos vaticinios que se ciernen sobre una ciudadanía mundial que el “gran dominio” (militar, financiero, energético, mediático) mantiene distraída y atemorizada, con informaciones que en gran medida requieren verificación y que, en lugar de promover “actores muy activos” procuran espectadores impasibles…

En lugar de la globalización del compromiso social, se ha globalizado la indiferencia. En lugar de incrementarse la ayuda al desarrollo, se ha alcanzado la más inconcebible y manifiesta insolidaridad.


Hasta hace poco, lo seres humanos no podíamos expresarnos libremente. Pero ahora, gracias a la tecnología digital, la gente ya sabe lo que acontece y puede manifestar su opinión. Y, sobre todo, la mujer se incorpora progresiva y rápidamente, en el plano de total igualdad que le corresponde, al escenario público. Desde el origen de los tiempos, la humanidad ha vivido sometida a un poder absoluto masculino, basado en la razón de la fuerza. “Si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepara la guerra). La inmensa mayoría de los seres humanos nacían, vivían y morían en unos kilómetros cuadrados, y no sabían más que lo acontecía en su entorno inmediato. Eran obedientes, silenciosos, sumisos. Ahora, en pocos años, el panorama se ha modificado sustancialmente, de tal modo que el silencio se convierte en cómplice y delito.  Es inaplazable –porque mañana puede ser tarde- actuar de tal manera que seamos capaces de cambiar “de rumbo y nave”, según la lúcida expresión de José Luis Sampedro.

El inmenso poder mediático hace que una gran proporción de “Nosotros, los pueblos” se halle abducida por temas y espectáculos que la mantienen inactiva, distraída, sin implicación, sin intervenir, sin comprometerse.

Es especialmente inadmisible que las comunidades académica, científica, artística, literaria, intelectual, en suma, sigan sin liderar la movilización popular. En los últimos años, por fortuna, son la mujer y la juventud los que asumen responsablemente las funciones que les corresponden.

No me canso de recordar que todos los días se invierten en armas y gastos militares más de 4000 millones de dólares al tiempo que mueren de hambre y de pobreza extrema miles de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años de edad. Pero a los que se guían exclusivamente por el PIB, por el índice de crecimiento económico y no de desarrollo humano, estas noticias no les conmueven. Por ello, en estos momentos tenemos que añadir que la sustitución de la razón de la fuerza por la fuerza de la  razón, la plena incorporación de la palabra en lugar de los cañones para la solución de los conflictos es insoslayable porque, si se siguen desoyendo estos argumentos, se producirá un deterioro tal en la habitabilidad de la Tierra que ya no podremos garantizar una vida digna a nuestros descendientes, a las generaciones venideras. Esta es hoy la gran responsabilidad, esta es  hoy la gran apelación.

Desde mediados del siglo pasado, la UNESCO ya proclamó que era preciso tener muy en cuenta la relación hombre-biosfera. Y creó un Programa específico sobre esta cuestión, y grandes proyectos internacionales hidrológicos, geológicos y oceanográficos. A principio de la década de los 70, el Club de Roma, con su fundador Aurelio Peccei al frente,  advirtió de la necesidad de “limitar el crecimiento”. Y en 1979, la Academia de Ciencias de los Estados Unidos puso de manifiesto que no sólo las emisiones aumentaban a un ritmo inaceptable sino que la recaptura del anhídrido carbónico por parte de los océanos estaba disminuyendo, debido a que los barcos transportadores de petróleo lavaban sus tanques después de la destilación en alta mar, en lugar de utilizar las instalaciones portuarias adecuadas. La reacción fue contraria a la deseable: se constituyó una gran Fundación Exxon-Mobile para demostrar “científicamente” lo contrario…

Oídos sordos. Oídos sordos sobre todo  del Partido Republicano de los Estados Unidos, que nunca ha sido partidario del multilateralismo, cuando los problemas globales no pueden resolverse más que con medidas globales. Hace un siglo, en 1919, impidió que la Liga de Naciones, creada por el presidente demócrata, Woodrow Wilson, fuera eficaz y evitara un nuevo conflicto, porque consiguió -¡qué atroz incoherencia!- que Estados Unidos no formara parte de la misma. Y así fue posible todo lo que sucedió en el corazón de Europa en los años 20 y 30, los brotes de supremacismo, de fanatismo, de xenofobia… que desembocaron en la segunda guerra mundial.  En los años 80 concluye la “guerra fría”, la carrera armamentista entre las dos superpotencias que había ensombrecido la actuación del excelente diseño multilateral del Presidente Roosevelt, con unas Naciones Unidas dotadas de unas Organizaciones especializadas en las grandes prioridades de la alimentación, la salud, la educación, la ciencia y la cultura, el medioambiente, el desarrollo sostenible… y, especialmente en los niños. UNICEF, ha sido, sin duda alguna, y seguirá siendo, un gran motor de acción porque para la inmensa mayoría de la gente la palabra “niño” es la que lleva de forma inmediata a la participación, al compromiso personal…

¡Con la excepción del Partido Republicano de los Estados Unidos! Recuerdo cuando en noviembre del año 1989, Jim Grant, el gran gigante de la cooperación internacional y fundador de UNICEF, me invitó –en calidad de Director General de la UNESCO a la sazón- a la solemne firma de la Convención Internacional sobre los  Derechos del Niño. En la Asamblea General de las Naciones Unidas, se reunió “todo el mundo”. Jim iba y venía saludando a Jefes de Estado, Reyes, Emperadores, Primeros Ministros… Nadie, nadie rehúsa participar en favor de la infancia. De pronto, pálido, consternado,  me indica que el Presidente de los Estados Unidos, George Bush padre, acaba de manifestar que no firmará la Convención. “¡Pero si nos hemos reunido aquí para esto, como usted sabe muy bien…!”. Fuimos muchos los que intentamos persuadir al Presidente, que se mantenía ilógicamente, absurdamente, en contra de firmar la Convención. Decidimos proponerle que firmara (¡no firmara!) en último lugar, como Presidente del Estado anfitrión, para no dar lugar a un seguimiento de su actitud por parte de otros países que no comprenderían cómo se les  había citado desde el otro lado del mundo para lo que allí estaba ocurriendo… Cuando  iba a comunicar que no firmaba empezamos a cantar: “We are the world, we are the children”… de tal manera que la mayor parte de asistentes no conocieron la noticia de que los Estados Unidos no habían suscrito la Convención hasta el día siguiente. Y siguen sin haber firmado, a pesar de los esfuerzos de Obama. ¡El único país del mundo que, por influencia del Partido Republicano, no ha suscrito la Convención!

En otoño de 2015, los Acuerdos de París  sobre el Cambio Climático y la adopción por las Naciones Unidas de los Objetivos sobre Desarrollo Sostenible “para el progreso del mundo”, representaron una pausa de esperanza a escala mundial… hasta que, inmediatamente después de su nombramiento, el insólito Presidente Donald Trump anunciara que no pondría en práctica estos acuerdos… y que lo único importante era ¡más dinero para defensa! Los G7 ratificaron inmediatamente esta petición… pero ninguno se atrevió a decirle al Presidente Trump que debía cumplir los compromisos internacionales refrendados por su antecesor.

Es ahora, pues, apremiante, refundar el  multilateralismo, poner en mano de todos los países y no de seis, siete o veinte la gobernanza mundial. Y hacerlo con urgencia, teniendo en cuenta nuestras responsabilidades intergeneracionales. El 17 de diciembre de 1998, el formidable “Máximo” publicó en “El País” la viñeta que ahora se reproduce. Está claro que debemos procurar invertir los tamaños para alcanzar un gran Pacto Mundial por la Infancia, de acuerdo a las directrices de la Convención.




Sólo en la medida en que pongamos en marcha  un nuevo concepto de seguridad basado en las prioridades antes indicadas de las Naciones Unidas seremos capaces de reconducir  la actual deriva a escala global. Y no me cabe duda alguna de que el mejor aldabonazo es siempre el que lleva la imagen de una niña o de un niño. Esto es lo que el Comité Español de UNICEF ha puesto de manifiesto para conmemorar el 30 aniversario de la proclamación de los Derechos de la Infancia: la reacción popular, ahora ya posible presencial y en el ciberespacio, deberá ser liderada por este convencimiento. He repetido con frecuencia aquella frase maravillosa de Eduardo Galeano en que una niña, al bajar del autobús de una excursión escolar que le llevaba por primera vez a ver el mar, tiró de la falda de la maestra y le dijo: “Maestra, ayúdeme a mirar”. Ahora son los niños los que deben ayudarnos a mirar a quienes tenemos la responsabilidad de llevar a efecto un cambio radical de la situación actual, de refundar un Sistema multilateral y eliminar todas estas fórmulas inoperantes y tendenciosas, de tal modo que podamos en breve plazo ser “Nosotros, los pueblos” los que, de la mano de los niños, sepamos recorrer iluminados caminos del mañana.

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