Apremiante: nuevo concepto de seguridad. La voz debida

martes, 7 de agosto de 2018

¡Irreversible deterioro ambiental!, ¡muertos de hambre y pobreza extrema!, ¡incendios y otras catástrofes!, ¡emigrantes!... Estos son los objetivos que ahora, por un acuerdo unánime a escala mundial, conscientes todos de que se trata de una responsabilidad generacional histórica, deben abordarse de forma impostergable. La inercia de los poderes hegemónicos tradicionales y de los obcecados supremacistas y minimalistas  sigue propiciando el incremento de gastos en defensa territorial, olvidando la seguridad de los seres humanos que viven en estos territorios.

Miles de bombarderos, misiles, acorazados…  Miles de miles de soldados preparados para el uso de las armas más sofisticadas… cuando resulta que se carece del personal capacitado y de los medios técnicos adecuados para hacer frente con rapidez y eficacia a incendios y otras catástrofes… De nuevo este año, California, la  perla de Norteamérica, devastada por fuegos voraces que obligan a evacuar a decenas de miles de ciudadanos…  36.000 hectáreas abrasadas… Y lo mismo en Atenas… Y aquí y allí miles de personas viviendo la tragedia de familiares muertos o heridos, de hogares arrasados…

Y miles de seres humanos al día, no me canso de repetirlo, muertos de hambre al tiempo que se invierten y armas y gastos militares más de 4.000 millones de dólares. Es un dislate intolerable que debe ser corregido sin mayor demora. Ya lo advirtió el Presidente Eisenhower: “El mayor poder en los Estados Unidos corresponde al complejo bélico-industrial”. Ahora mismo, el neoliberalismo ultra habiendo marginado a las Naciones Unidas sustituyéndolas por grupos plutocráticos (G7, G8, G20), el insólito Presidente Trump ha anunciado que va a incumplir los Acuerdos de París sobre Cambio Climáticos y los Objetivos sobre Desarrollo Sostenible. Y todos los demás países -¡casi doscientos!- en lugar de oponerse radicalmente a una actitud que puede, si no se enmienda rápidamente, afectar a la humanidad en su conjunto, se apresuran a obedecer los designios del Presidente para aumentar los gastos de defensa, omitiendo las acciones inmediatas que reclaman tantos humanos abandonados y la propia habitabilidad de la Tierra.

La Unión Europea, en lugar de haber señalado con firmeza unas “líneas rojas” bien establecidas y argumentadas, se ha precipitado a aumentar las inversiones en defensa, reservando para la otrora importante ayuda al desarrollo unas migajas vergonzantes. ¿Cuánto costarán al final los cuatro “re-tocados” e “imprescindibles” submarinos españoles? ¿Cuánto se invertía y cuánto se invierte ahora en ayudar a tantos países en los que sus nativos no deban verse compelidos a emigrar por carecer de los mínimos recursos de subsistencia? Cuando, por fin, el gobierno decide atender a los emigrantes como se merecen y abordar con políticas conjuntas la cooperación internacional, pensando en la gente y no en el dinero, ayudando en lugar de explotar, tanto en España como en la Unión Europea los peligrosísimos xenófobos y racistas -¡miles de millones para las armas… y unas limosnas para el auxilio a emigrantes y refugiados!- superan a los que se sienten reconfortados.

Todo ser humano igual en dignidad: esta debe ser la referencia para los cambios radicales que son ahora apremiantes. Sin minusvalorar la seguridad territorial, deben destinarse las cantidades apropiadas a las cinco prioridades que hace ya años establecieron las Naciones Unidas: seguridad alimentaria, acceso al agua potable, sanitaria, ecológica y educativa. Este es el nuevo enfoque de seguridad que el mundo requiere con urgencia. Hasta hace pocas décadas, “Nosotros, los pueblos”, como tan lúcidamente se inicia la Carta de las Naciones Unidas, no podíamos expresarnos.  Ahora, por primera vez en la historia, ya podemos. Ya somos mujer y hombre. Y ya somos conscientes de que “mañana puede ser tarde” y de que el deterioro de la calidad de vida no tiene marcha atrás. Ahora ya podemos expresarnos y elevar la voz. Y sustituir la fuerza por la palabra. Y ser millones y millones los que, un día señalado, escriban en su móviles “NO”… a las políticas actuales, a seguir adquiriendo productos a quienes profundizan la brecha social y económica. A los grupos oligárquicos que pretenden retener en sus manos las riendas del destino común… Y decir “SÍ” a un Sistema de Naciones Unidas dotado de los recursos personales, financieros, técnicos y de defensa necesarios para el pleno ejercicio del multilateralismo democrático… Y decir “SÍ” a la eliminación completa de las armas nucleares… y a los comportamientos cotidianos solidarios. 

En 1945, la mención de “Nosotros, los pueblos”, era prematura. Ahora ya es factible. Los “pueblos” ya tienen voz y van a expresarse aunque el “gran dominio” (militar, financiero, mediático, energético…) intente silenciarlos.

Será pronto la voz del pueblo la que reconduzca las torcidas y peligrosas tendencias actuales. 

Mañana siempre es tarde

viernes, 20 de julio de 2018


Este es el título del libro que, con prólogo de D. Pedro Laín Entralgo e ilustración de cubierta de Nicole Lemaire, publiqué en 1987, acuciado por la necesidad de actuar a tiempo en procesos patológicos que  diagnosticados y tratados oportunamente evitan el deterioro neuronal irreversible. Habíamos iniciado en 1967 en la Universidad de Granada el cribado de ciertas alteraciones genéticas en recién nacidos y desde 1968 –hace ahora 50 años que la Dra. Ugarte detectó y evitó el primer caso de fenilcetunuria- han podido “normalizarse” totalmente muchas vidas porque los diagnósticos fueron seguidos de tratamientos eficaces. Esta es la lección que no debemos olvidar y que ahora, al hacer frente a amenazas globales potencialmente sin retorno como el cambio climático, debemos tener muy en cuenta. Mañana puede ser tarde.

Rebosamos de informes de expertos y “think-tanks” que nos advierten  de lo que puede suceder si seguimos haciendo caso omiso de las advertencias rigurosamente científicas en relación a la calidad de la habitabilidad de la Tierra. Y, en lugar de actuar, creamos otra comisión y solicitamos otro informe.

Ya en 1947, en la UNESCO se creó la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), y se han estudiado las dimensiones geológicas, hidrológicas, oceanográficas de la vida en la Tierra (gran programa “El hombre y la biosfera”)… En 1972, el Club de Roma nos alertó, a través del hombre-vigía Aurelio Peccei, de “los límites del crecimiento”… y la Academia de Ciencias de los Estados Unidos alertó en 1979 de que no sólo estábamos emitiendo demasiados gases con “efecto invernadero” sino que se estaba afectando la recaptura del CO2 por parte del agua del mar, auténtico “pulmón” de la Tierra…

En lugar de actuar en consecuencia, la Fundación Exxon Mobile, constituida en 1980, pagó considerables sumas a seudo-científicos para que dijeran lo contrario… En 1992, la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, con una excelente Agenda 21, ratificada después en Johannesburgo a los diez años y, de nuevo, a los veinte años… Y en el año 2000, la Carta de la Tierra, que debería ser un referente imprescindible para el comportamiento cotidiano a todos los niveles… Y, por fin, después del fracaso de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, porque el sistema neoliberal fue incapaz de proporcionar los medios requeridos, en el año 2015 la humanidad recibió con alivio los Acuerdos de París sobre Cambio Climático y el Acuerdo de las Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Parecía que todo se iba a reconducir. Sin embargo, los “mercados”, siempre protagonistas, lograron una vez más doblegar a los pusilánimas europeos, unidos sólo por el dinero y no por convicciones y principios,  que han sido incapaces de reaccionar con presteza y con firmeza a los insensatos desplantes del insólito Presidente Trump, que pide más dinero para la defensa –no me canso de repetir que cada día se invierten en armas y gastos militares más de 4.000 millones de dólares mientras mueren de hambre miles de personas- al tiempo que declara que no pondrá en práctica los acuerdos sobre cambio climático y los ODS que su antecesor, tan lúcidamente, promoviera.

Es imprescindible y apremiante un nuevo concepto de seguridad que una a la territorial la seguridad humana, alimentaria, educativa y sanitaria de sus habitantes. Es necesario un “volantazo” que evite que sigamos, en el caso de España, obsesionados en la construcción de cuatro submarinos por importes que podrían resolver tantos aspectos de solidaridad internacional e intergeneracional, facilitando la aplicación de los acuerdos referidos.

Al inicio del mencionado libro decía que “la esperanza implica no aguardar pasivamente”. Y concluía así: “Hay límites al crecimiento. Pero, como el propio Club de Roma proclamó a los diez años de su fundación,  no existen límites para el aprendizaje. Estos dos puntos de referencia son esenciales no sólo para la modernización de la universidad, sino del gobierno de los pueblos. Tenerlo presente en la configuración del futuro es absolutamente imprescindible y dará la medida de la talla de los gobernantes. De quienes deben anticiparse a hacer por clarividencia lo que más tarde deberá hacerse por necesidad. El devenir de la humanidad depende de que seamos capaces de desplazar los centros de gravedad desde la guerra a la paz, desde la dependencia de toda índole a la libertad, desde el progreso expresado en términos económicos al interpretado en términos culturales. Para que todavía pueda esperase, no es posible demorar la salida. El largo camino del conocimiento aguarda. Mañana puede ser tarde. De hecho, mañana siempre es tarde”.

¡Hace 31 años! Hoy lo re-escribo convencido de que debemos actuar de forma inaplazable. Entonces no podíamos expresarnos Ahora sí. Ahora, “Nosotros, los pueblos”, ya hombre y mujer en pie de igualdad, podemos manifestarnos, protestar y proponer.  Ahora ya podemos, al unísono, escribir en nuestros móviles al señor Trump diciéndoles que si no cumple sus deberes esenciales con la calidad de vida de todos los habitantes del planeta, y en especial de los jóvenes y niños, dejaremos de adquirir productos  norteamericanos… El tiempo del silencio y de la sumisión ha concluido.

Nicaragua, otro clamor desoído

jueves, 19 de julio de 2018

En las últimas semanas he leído decenas de artículos –con acentos muy discordantes- sobre la situación en Nicaragua. Y he comentado la situación y posibles soluciones con muchas personas, con frecuencia  sorprendidas y agraviadas por el curso de los acontecimientos. Una vez más, pienso que en casos de esta naturaleza –con centenares ya de víctimas- es apremiante hacer una pausa, encontrarse, hablar y conciliar… pensando sólo en el futuro, en todos los nicaragüenses, pero en particular en las generaciones que llegan a un paso de las nuestras y no merecen hacer frente a horizontes tan clamorosamente injustos y ensangrentados.

Un muerto ya son demasiados muertos. Tres centenares es absolutamente inadmisible.

El neoliberalismo ha desplazado –con sus grupos plutocráticos G7, G8, G20- al multilateralismo democrático, cuyo máximo exponente son las Naciones Unidas, y hoy son muchas las situaciones de violencia, opresión y guerra que no hallan los cauces de conciliación adecuados.

El “gran dominio” (militar, financiero, energético, mediático) ha conseguido que la mayoría de la gente no se aperciba de sus responsabilidades y de las capacidades de  expresión y participación que hoy les confieren las tecnologías digitales. Es preciso e inaplazable que “Nosotros, los pueblos” -como se inicia la Carta de las Naciones Unidas, entonces y hasta hace poco prematuramente-  tomemos la palabra y, mediante grandes clamores populares, presenciales y/o en el ciberespacio, manifestemos abiertamente nuestra opinión, nuestras protestas y propuestas.

Se ha convertido en espectadores impasibles y silenciosos a los que hoy ya pueden alzar la voz y manifestar anuencias o discrepancias. Por eso, cuando, por fin, los pueblos se manifiestan y elevan la voz, es necesario, imprescindible, acuciante, atenderlos. Por primera vez en la historia, nos hallamos ante procesos potencialmente irreversibles, que pueden afectar a la humanidad en su conjunto y, a pesar de las alertas y alarmas, siguen desatendidos y los ciudadanos-actores-activos brillan por su ausencia.

No deben acallar por más tiempo la voz de la gente. Y no deben –sobre todo los que representaron antaño la emancipación popular- usar la fuerza y la violencia. Si alguien conoce los frutos indefectibles de la resistencia es quien hoy se resiste a la conciliación y la palabra, que siempre acaba ganando la partida, pero dejando numerosas víctimas de los “contendientes” en el camino, vidas con frecuencia de los más inocentes, innecesarios sacrificios, los que más duelen, los más indebidos. Así lo he pensado siempre con profundo dolor en los procesos de paz en los que he participado: ¡si se hubiera empezado por la palabra en lugar de por la fuerza!

Es un movimiento no violento, desarmado, que ha pretendido, a través de una Mesa de Diálogo Nacional en el que participan representantes del gobierno, que la sociedad civil pueda expresarse libremente, con la mediación de la Iglesia. Se trata de lograr inculcar en ambas partes actitudes que desarticulen cualquier tentación de dominio y opresión. Directrices que motiven y orienten a la “sociedad civil” (campesinos, universitarios, empresarios…) para lograr restablecer un sistema auténticamente democrático y participativo en Nicaragua. Boaventura de Sousa Santos ha escrito recientemente, con su gran autoridad ética y política, que “la oposición al orteguismo cubre todo el espectro político y, tal como ha ocurrido en otros países (Venezuela, Brasil), sólo muestra unidad para derribar el régimen, pero no para crear una alternativa democrática… En las alianzas alcanzadas con la Iglesia y los grandes empresarios se consiguió un considerable crecimiento económico basado en la receta neoliberal: gran concentración de riqueza, dependencia de los precios internacionales, megaproyectos, monopolio de los medios masivos, instrumentalización del sistema judicial y reelección indefinida”…

Desde hace muchos años he colaborado intensamente con el Instituto Martin Luther King de la UPOLI y deseo sinceramente poder seguir haciéndolo durante muchos años más, trabajando en favor de la cultura de paz y no violencia. Fue Martin Luther King quien nos advirtió de la improcedencia de guardar silencio.

La cultura de paz consiste, precisamente, en facilitar la transición desde una cultura de dominio, imposición, violencia y confrontación a una cultura de encuentro, diálogo, conciliación, alianza y paz. ¡De la fuerza a la palabra! Esta es la transición histórica que debe ahora mismo, sin mayor demora, ponerse en práctica en Nicaragua.
En los últimos días el propio Papa Francisco ha intervenido para facilitar una inflexión que permitiera recuperar la total vigencia y posibilidad de éxito del Diálogo Nacional. También el Secretario General de las Naciones Unidas ha abogado para que “se logre un nuevo consenso”.

La violencia no tiene disculpas, la ejerza quien la ejerza. Lo acaecido en la Universidad Nacional de Nicaragua y en Masaya no puede a continuación describirse en términos patrióticos ni reduccionistas. Es necesario que la gran fractura social que existe en estos momentos pueda restañarse a través del  encuentro y del buen sentido. Las resoluciones de instituciones como la OEA deben ser tajantes  y claras. El Presidente Ortega debe adoptar decisiones que permitan recuperar el sentido democrático sin demora. Y esto se consigue con propuestas concretas y convincentes en la Mesa del Diálogo y no con escuadrones de paramilitares.

En el diálogo habrá, lógicamente, disidencias y discrepancias, pero nunca deben mantenerse posiciones inamovibles. Es preciso establecer con claridad que –como acaeció en Argentina y en otros casos recientes- la presión internacional no se halle influida por grandes consorcios mercantiles.

Hay que lograr la reconciliación. La reconsideración del Sistema de las Naciones Unidas es, vuelvo a repetirlo,  absolutamente indispensable para que la humanidad pueda hacer frente a los grandes desafíos –cambio climático, pobreza extrema, nuclear-  que le afectan de manera apremiante en su destino común.

Serenidad y buen juicio para, en pocos días, aclarar y reconducir la deriva de este queridísimo país, símbolo de tantas cosas positivas. Diálogo, diálogo, diálogo para lograr la reconciliación nacional imperativamente, sin un muerto más, sin acciones de fuerza que conduzcan a situaciones irreparables.