Una nueva era, una nueva forma de vivir

miércoles, 13 de mayo de 2020


Ya estaba muy claro, antes de la pandemia del coronavirus, que eran necesarios cambios radicales en la gobernanza mundial para evitar amenazas globales e irreversibles sobre la propia habitabilidad de la Tierra, procurando a todos sus habitantes y no sólo a unos cuantos, las condiciones para una vida digna.

Ahora, después de haber vivido un confinamiento a escala planetaria totalmente inesperado hace tres meses, es imperativo reflexionar y tomar las decisiones a escala colectiva pero, sobre todo personal, que permitan reconducir tan grave situación antes de que sea demasiado tarde.

En febrero de 2012, publicaba en “Reacciona”, un libro de diversos autores coordinados por Rosa María Artal, lo siguiente: “Es tiempo de acción… No se trata de hacer frente a una crisis económica sino sistémica. No de una época de cambios sino de un cambio de época. En los últimos estertores del neoliberalismo, los más recalcitrantes representantes del “gran dominio” intentan convencernos de que volverán a lograr el “estado de bienestar”: el consumo, el empleo, los horizontes sociales… Todo ello, bien entendido, aplicable únicamente al 20% de la humanidad, ya que el resto seguiría como hasta ahora, sumido en un gradiente de precariedades progresivas”…

Es innecesario, por tanto, insistir en que ahora, ahora sí, los ciudadanos del mundo ya no vamos a consentir que se repita el agravio histórico que representa para las generaciones venideras dejar irresponsablemente  que se alcancen puntos de no retorno.

He aquí, resumidas en la medida de lo posible, las fases que pueden conducir a una nueva era en la que los horizontes actuales se hayan esclarecido:
1.     Toma de conciencia:
-         De la globalidad de las amenazas:
o   Irreversible deterioro ecológico.
o   Pandemias.
o   Extrema pobreza.
-         Respuestas globales:
o   Sólo pueden darlas, como tan lúcida y prematuramente se inicia la Carta de las Naciones Unidas, “los pueblos”, todos los seres humanos convertidos en actores del cambio y nunca más espectadores impasibles de lo que acontece.
Por primera vez en la historia, todos iguales en dignidad, sin    discriminación alguna por razones de género, etnia, ideología, creencias…; y capaces de expresarse libremente. Por fin, “los pueblos” tienen voz y, unidos, pueden tomar en sus manos las riendas del destino común. Después del fracaso rotundo de los grupos plutocráticos (G6, G7, G8, G20) está claro que sólo un multilateralismo democrático puede encauzar la voluntad popular a nivel mundial.

2.     Cambios apremiantes:
-         Transición de una cultura de imposición, dominio, violencia y guerra a una cultura de encuentro, diálogo, mediación, conciliación, alianza y paz. De la fuerza a la palabra. (Declaración y Plan de Acción sobre una Cultura de Paz, Asamblea General de las Naciones Unidas, septiembre 1999).
-         Transición de una economía basada en la especulación, deslocalización productiva y guerra -cada día mueren de hambre millares de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años de edad, al tiempo que se invierten en armas y gastos militares más de 4000 millones de dólares- en una economía basada en el conocimiento, en la cooperación y no en la explotación, para la eficaz puesta en práctica de la Agenda 2030 (Objetivos de Desarrollo Sostenible, Resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas de noviembre de 2015 “para transformar el mundo” ) y los Acuerdos de París sobre Cambio Climático.
Para ello es impostergable reducir los gastos de defensa y aplicar los medios necesarios para la diligente aplicación en todo el planeta de un nuevo concepto de seguridad con las seis prioridades establecidas por las Naciones Unidas:
alimentación
agua potable
servicios de salud de calidad
cuidado del medio ambiente
educación a lo largo de toda la vida
paz

3.     Todo ello implica otra forma de vivir. Un estilo de vida que permita llevar a cabo el fundamento general de todos los derechos humanos: la igual dignidad. La actual brecha social y el olvido permanente de los que viven en condiciones de extrema pobreza deben superarse, teniendo siempre la mirada puesta en el conjunto de la humanidad. Ahora mismo, al conocer los datos de los efectos del COVID-19, debemos pensar en los que sufren cada día las consecuencias de patologías consideradas por la sociedad saciada como “irremediables” -desnutrición severa, carencia de servicios higiénicos, enfermedades crónicas como el paludismo, el ébola, el dengue… pero, sobre todo, de las guerras (en la guerra de Siria van más de 380.000 muertos, y en la invasión de Irak, basada en la simulación y la mentira, con miles de víctimas o las de la terrible “operación Cóndor” desplegada por los Estados Unidos en América Latina en los años 70).

4.     La solución, el multilateralismo democrático dotado de recursos personales, financieros, técnicos y de defensa necesarios. Unas Naciones Unidas actualizadas con una Asamblea General en la que el 50% de los miembros representaran a Estados y otro 50% representaran a la sociedad civil, en la que hubiera voto ponderado pero no veto y en la que al Consejo de Seguridad se añadieran un Consejo Socioeconómico y otro Medioambiental o Ecológico, permitirían, por fin, poner término a las hegemonías que han permitido hasta ahora la aplicación del perverso proverbio de “si quieres la paz, prepara la guerra” y resolver los conflictos, que siempre existirán, a través de la diplomacia y la mediación.

La intervención de un multilateralismo eficiente permitiría no sólo “evitar el horror de la guerra a las generaciones venideras”, sino impedir la extraordinaria influencia de grandes consorcios internacionales, la explotación de los países ricos en recursos  como el litio, el coltán, el cobre, extensiones para el cultivo de soja, carburantes… y, así mismo, pondría fin al narcotráfico que hoy sigue extendiendo su poderío de manera indiscriminada.

5.     La nueva era se caracterizaría por el funcionamiento democrático a todos los niveles -¡es incomprensible que la Unión Europea conceda, de hecho, el veto a todos sus integrantes, ya que los acuerdos deben adoptarse por unanimidad!- y permitiría eliminar la corrupción y los paraísos fiscales, atendiendo el asesoramiento de las comunidades educadora, científica, artística… que hasta ahora han sido desoídas, lo que ha resultado en la gravísima situación presente. En efecto, sólo en términos de ecología, la UNESCO ya alertó en los años 70 de la necesidad de limitar las emisiones de gases con efecto invernadero… y lo hizo el Club de Roma en 1972 con su Informe “Los límites del crecimiento”… y la Academia de Ciencias de los Estados Unidos… sin que se obtuviera nunca la respuesta adecuada.

Hace tan sólo tres años, cuando se había logrado la Agenda 2030 y la regulación del calentamiento global, gracias en buena medida al Presidente Barack Obama -¡hasta el Papa Francisco hizo pública una Encíclica Ecológica!-  el Presidente Trump no sólo requirió y ¡obtuvo! más fondos para defensa sino que advirtió que no pondría en práctica los ODS. Frente a esta intolerable actitud, no hubo reacción alguna. ¿Se necesitan más pruebas para que los ciudadanos del mundo, de una vez, tomen las riendas del destino común?

En el artículo que citaba al principio terminaba así. “Ha llegado el momento de replantear el sistema, no de aceptarlo o de adaptarlo. Así se inicia la “Carta de la Tierra”. Nos hallamos en un momento crítico de la historia, un momento en el cual la sociedad ha de elegir su futuro… Hemos de unirnos para crear una sociedad global sostenible basada en el respeto a la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y la cultura de paz”…

En la nueva era, será el multilateralismo, será la democracia vivida por cada ciudadano, será la responsabilidad colectiva, la que permitirá que las generaciones venideras no repitan la terrible frase de Albert Camus, que cito con frecuencia: “Les desprecio porque pudiendo tanto se atrevieron a tan poco”.


“Carta al G20”: ¿más de lo mismo?, no

domingo, 12 de abril de 2020



Está claro que el G20, establecido en 2008 para aminorar el escándalo autárquico del G6, G7 y G8, ha fracasado estrepitosamente, ampliando la brecha social y desatendiendo a los más vulnerables.  Estamos en una nueva era, frente a procesos potencialmente irreversibles como el cambio climático, y es necesario ahora inventar con sabiduría y firmeza nuevas medidas a escala global.

La pandemia por el coronavirus ha vuelto a poner de manifiesto las deficiencias y falta de medios que pudieron, si no evitar, hacer que las consecuencias fueran de menor impacto y causaran no sólo menos daños materiales sino, sobre todo, menos pérdidas humanas….

Ante la actual crisis del coronavirus -COVID-19- que estamos viviendo no se puede tolerar por más tiempo una economía basada en la especulación, deslocalización productiva y guerra sino una economía basada en el conocimiento para un desarrollo global sostenible, que permita una vida digna a toda la humanidad y no excluya, como sucede ahora, al 80% de la misma.

Cuando nos apercibimos de la dramática diferencia entre los medios dedicados a potenciales enfrentamientos y los disponibles para hacer frente a recurrentes catástrofes naturales (incendios, inundaciones, terremotos, tsunamis,…) o sanitarias como la actual pandemia, constatamos, con espanto, que el concepto de "seguridad" que siguen promoviendo los grandes productores de armamento es no sólo anacrónico sino altamente perjudicial para la humanidad en su conjunto, y que se precisa, sin demora, la adopción de un nuevo concepto de "seguridad", bajo la vigilancia atenta e implicación directa de las Naciones Unidas.

La salud es lo más importante, y debe tratarse siempre, en sus aspectos curativos y preventivos, con absoluta profesionalidad, dejando a un lado cualquier otra consideración. Porque la salud es un derecho de todos. En medicina se han realizado grandes avances pero se ha compartido poco. El gran reto es compartir y extender.

Progresivamente, las epidemias, que siempre han existido y existirán, pasarán a ser graves pandemias porque el “trasiego humano” no cesará de aumentar.  Hasta hace unas décadas la difusión era muy escasa porque la gran mayoría de la humanidad se hallaba confinada en espacios reducidos y la posibilidad de transmisión al exterior de los mismos era infrecuente.

Se nos presentan a diario imágenes de las acciones admirables que está llevando a cabo el personal sanitario para atender con gran profesionalidad y humanidad a todos los enfermos del coronavirus, a pesar de los menguados recursos con que cuentan por el afán desmedido de los últimos años de debilitar al Estado (así “mueren” las democracias actuales…). Ponderamos y aplaudimos el impagable trabajo que siguen desempeñando todos aquellos que colaboran en los sectores esenciales (nutrición, transporte, distribución, regulación de la conducta ciudadana, limpieza, desinfección…), así como la actividad de los efectivos militares y de las fuerzas de seguridad en situaciones de emergencia.  Es en estas circunstancias cuando se ponen de manifiesto -y no debe olvidarse, una vez más-  los efectos de los recortes en la capacidad investigadora, la reducción  del tejido industrial y de los distintos y tan relevantes sectores de la sanidad pública que, de ahora en adelante, deberán siempre encontrarse preparados para contingencias de esta naturaleza y gravedad. 

En la “Carta al G20”, que acaba de ser firmada por “líderes mundiales para dar una respuesta global a la crisis del coronavirus”, se proponen las mismas medidas que se adoptaron frente a la crisis financiera del año 2008, que han conducido a la situación presente habiendo demostrado que los mercados no resuelven los desafíos globales. Frente a amenazas de ámbito mundial se requiere una reacción proporcional de “Nosotros, los pueblos”. No es la plutocracia -que representa en realidad la fuerza de un solo país- sino el multilateralismo democrático el que puede estar a la altura de las circunstancias. ¿Por qué 20 países deben tener las riendas del destino común cuando en estos momentos hay en el mundo 196 países? No es el “gran dominio” (financiero, militar, energético, mediático) el que va a solucionar los problemas sino la voz y manos unidas de todos los pueblos. La Carta debería ser dirigida a las Naciones Unidas, para dar un renovado vigor al multilateralismo y no a su principal oponente.

Ha llegado el  momento –que la  irreversibilidad potencial hace apremiante- de reducir las sombrías tendencias actuales propias de la deriva neoliberal, que ha desoído los llamamientos de la comunidad científica para la oportuna adopción de medidas contra el cambio climático y la puesta en práctica sin dilación de los ODS ( Objetivos de Desarrollo Sostenible, Agenda 2030) adoptados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en noviembre de 2015 “para transformar el mundo”.

La ciencia debe ayudar al ciudadano para que no quede a merced de unos grandes consorcios internacionales y de unos pocos gobiernos. Es, preciso, verificar bien las informaciones tan rápidamente asequibles en la actualidad, para que, en breve plazo, sean los conocimientos y no los intereses los que orienten la brújula del mañana.

La sabiduría se halla hoy en favorecer la evolución de la gobernanza de tal modo que no sea necesaria la revolución. Volver a soluciones periclitadas y parciales sería dar la razón a la excelente viñeta publicada por El Roto en el periódico “El País” el día 5 de abril: “Cuando todo esto pase nada volverá a ser igual… ¡menos lo de siempre, claro!”.

El progreso que ha alcanzado la medicina en los últimos años –vacunas,  antibióticos, prácticas quirúrgicas, conocimiento profundo de la fisiopatología, de los reguladores moleculares, de los mecanismos de expresión genética y de los condicionamientos epigenéticos, de la señalización celular, del diagnóstico enzimático y la introspección física…– ha logrado mejorar la calidad de vida y la longevidad de la población. Se han realizado grandes avances, pero no han sabido aportarse los medios de su aplicación a todos los seres humanos, iguales en dignidad.

El gran reto ahora es compartir y extender el progreso. Hasta hace unas décadas, no sabíamos cómo vivían la mayoría de los moradores del planeta. Ahora lo sabemos y, por tanto, si no contribuimos a facilitar el acceso de todos a niveles razonables de bienes y servicios nos convertimos en cómplices.

La atención debe ser integral y dirigida a toda la población. El tiempo de la pasividad y del temor ha concluido, y hay que decir alto y firme que la sociedad no transigirá en cuestiones de las que depende, con frecuencia, la propia existencia.

El por-venir está todavía por-hacer. Y la democracia está en peligro.  El futuro que anhelamos emergerá de la conciencia global, de la ciudadanía mundial, con una equidad progresiva, capaz por fin de expresarse y dejar de ser invisible, silenciosa, sumisa. Por fin, la ciudadanía podrá, presencialmente y en el ciberespacio, manifestarse sin cortapisas.  Por fin, la fuerza de la razón en lugar de la razón de la fuerza. Por fin, todos y no unos cuantos. Por fin, la implicación ciudadana. Por fin, la palabra esclareciendo los hoy sombríos caminos del mañana.

Firmantes:

Fundación Cultura de Paz

Federico Mayor Zaragoza, Presidente de la Fundación Cultura de Paz, Presidente de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC)

DEMOSPAZ-UAM (Instituto Universitario de Derechos Humanos, Democracia, Cultura de Paz y Noviolencia) 

Manuela Mesa, codirectora de DEMOSPAZ

Carlos Giménez, director de DEMOSPAZ


Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz 1980. Presidente Honorario de la Fundación Servicio Paz y Justicia en A. Latina

Roberto Savio, Presidente de “Othernews”

Rosa María Artal, periodista

Emilio Muñoz, Socio Promotor de AEAC

María Novo, Catedrática Emérita de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible

Vicente Larraga, Socio Fundador de AEAC

Enrique Santiago, Jurista, experto en Derechos Humanos y Derecho Internacional

Montserrat Ponsa Tarrés, periodista


Rafael Monzó Giménez, presidente del Centro UNESCO Valencia/Mediterráneo

Jose Luis Ramón Moraleda, funcionario de Justicia

Anna Jarque, experta en artes escénicas en la educación con valores

Mercedes Dumont, psicóloga

Miquel Segura, president Centre Internacional per a la Creativitat Audiovisual


Alberto Guerrero Fernandez, Presidente Fundacion Española de Asociaciones Centros y Clubes UNESCO

Francisco Morales Garcia, psicólogo, director de Servicios Sociales Comunitarios en la Diputación Provincial de Granada

Antonio damian requena segovia, estadístico del Cuerpo Superior del Estado

Celestino Olalla Lorenzo, Presidente Ong Otromundoesposible


Santiago Serrate Ollé, director de orquesta 

Ángeles Saura, artista y docente UAM, Cátedra UNESCO Educación en Justicia Social

Juan D. Tutosaus, médico jubilado

Antonio Lameiro Couso, Profesor jubilado de Etica y Filosofía en secundaria 

Rafael Sánchez Sanz, Subdirector General África Fundación Sur


Juan José Tamayo, Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones "Ignacio Ellacuría" Universidad Carlos III de Madrid

Professor K.M. Stokes, President, The University for Sustainability

Jorge Álvarez, Presidente de la Academia Española de la Radio

Jean-Jacques Lafaye, escritor y geopolitólogo

Màrius Rubiralta, ex rector de la Universidad de Barcelona. Profesor del Campus de la Alimentación de Torribera (UB)


Francisco Sierra Caballero, Catedrático Universidad de Sevilla. Presidente de ULEPICC

Nazanín Armanian, Profesora de relaciones internacionales y periodista 

Antonio Maíllo Cañadas, profesor de latín y coordinador general de IULV-CA de 2013 a 2019

Ernesto Alba Aragón, secretario general del Partido Comunista de Andalucía

Manuel Pineda Marín, europarlamentario


Toni Valero Morales, profesor de historia y coordinador general de IULV-CA

Alvaro Leyva Duran. Constituyente colombiano, ex ministro, constructor de Paz



Juan Rodríguez Corrales, Presidente del Centro UNESCO "Campo de Gibraltar"


Marisa Tejada Azul, actriz y directora de La Fábrica de Sueños 



Manuel Bestratén Bellovím Presidente de MIESES GLOBAL (Movimiento Internacional por la Excelencia, la Salud Empresarial y la Sostenibilidad)


Ton Dalmau Llagostera, Impulsor de microeconomies sociales


Ramon Clotet Ballúsm Miembro de Fundación Triptolemos para el desarrollo del Sistema Alimentario



Juan Manuel de Faramiñán Gilbert, Catedrático emérito de la Universidad de Jaén



Miguel Angel Invarato, Gestor Cultural y Presidente "Traductores del Viento.org"

Jose Esquinas Alcázar, Catedrático y ex directivo de Naciones Unidas/FAO

Bernabé López García, profesor de Historia Contemporánea del Mundo Árabe, UAM

Victoriano Fernández Fernández



Si deseas adherirte envía un email con tu nombre, apellidos y profesión/cargo a: info@fund-culturadepaz.org


Ricardo Díez Hochleitner, vigía de nuevos tiempos

jueves, 9 de abril de 2020


“¡Con cuánto trabajo deja la luz a Granada!”, escribió Federico García Lorca. ¡Con cuánto trabajo, en todas las acepciones, ha dejado Ricardo Díez Hochleitner la vida! Una vida especialmente densa y polifacética, que ha discurrido sobre dos ejes principales: la educación y la prospectiva.  

Nació en Bilbao en 1928. Licenciado en Ciencias Químicas en 1950 (Universidad de Salamanca). Realizó estudios de postgrado en Ingeniería Química. Doctor en la Universidad Técnica de Karlsruhe (Alemania).  De 1952 a 1955 fue Profesor de la Universidad de Colombia, donde ejerció también como Colaborador Técnico de Educación Industrial en el Ministerio de Educación. Después regresó a España en calidad de Inspector General de Formación Profesional e Industrial, y dirigió la División de Enseñanzas Técnicas de la OEI (Organización de Educación Iberoamericana). Durante poco más de un año (junio de 1956 a julio de 1957) fue Coordinador General del Ministerio de Educación Nacional de Colombia. La extraordinaria experiencia adquirida durante aquellos años le permitió desempeñar el cargo de Asesor Principal de Planteamiento Educativo de la OEA (Organización de Estados Americanos), en Washington y, acto seguido, de 1958 a 1962, colaboró con la UNESCO como especialista de Planificación y Administración de la Educación. Fue el primer Director del Departamento de Inversiones del Banco Mundial y, a continuación, Director del Departamento de Planificación y Financiación de la Educación de la UNESCO, hasta 1967.

Es en este momento cuando el Ministro José Luis Villar Palasí le incorpora al Ministerio de Educación y Ciencia de España como Secretario General Técnico al principio, y como Subsecretario después (1969-1973). Fue en 1968, siendo Rector de la Universidad de Granada, cuando le conocí e iniciamos una intensísima colaboración. En poco tiempo, el Ministerio creó las tres Universidades Autónomas (Barcelona, Bilbao y Madrid) y la UNED, y elaboró el Libro Blanco de la Educación (con la colaboración del gran pedagogo José Blat Gimeno) y la Ley General de Educación de 1970.

Durante el primer encuentro en Granada, visitó el Hospital Real, que se incorporó después a la Universidad Granadina.

Desde 1976, fue Miembro del Club de Roma. Ya conocía desde hacía años a Aurelio Peccei, su fundador. En 1982 fue nombrado Miembro del Consejo Ejecutivo y Vicepresidente en 1988. En el año 2000, se convirtió en Presidente del Club de Roma a escala mundial hasta 2010. A partir de este momento, en calidad de Presidente de Honor, ha seguido inspirando las actividades del Capítulo Español del Club de Roma que, bajo la clarividente dirección de Isidre Fainé y de su Vicepresidente José Manuel Morán, se ha convertido en uno de los más activos y relevantes Centros del Club de Roma de todo el mundo.

¿Cuál es la característica fundamental que recuerdo de Ricardo Díez Hochleitner desde que le conocí en el año 68? Lo que recuerdo como más sobresaliente es la visión global que siempre tuvo. “Saber para prever, prever para prevenir”. Siempre viendo el mundo en su conjunto, porque Ricardo, siendo bilbaíno, era también muy palentino. Le gustaba este “equilibrio” de procedencia. Pero su cualidad principal fue siempre preocuparse de la humanidad sin fronteras ideológicas, étnicas, o geográficas. Tenía el compromiso permanente de desarrollo humano para un planeta sostenible. Para esto no sólo hay que atreverse a saber sino que hay que saber  atreverse, y él fue una persona que no fue sólo receptor sino que supo emitir y movilizar.

Ricardo Díez Hochleitner fue un visionario, vigía de tiempos nuevos que, ahora más que nunca, en la crisis que estamos viviendo por la pandemia del coronavirus, nos damos cuenta de que hay que transformar radicalmente. En 1977 ya decía: “…lo importante es la alimentación, es el reciclaje de los recursos, es el medio ambiente”. Y, en “El mundo ante una difícil transición”, artículo publicado en El País el 3 de noviembre del mismo año,  escribía: “El Club de Roma está al servicio de los problemas planetarios…”. Sabía muy bien que no se trata sólo de diagnósticos sino, sobre todo, de tratamientos a tiempo. Era una exigencia de las responsabilidades intergeneracionales. He querido revisar muy rápidamente alguno de los documentos que conservo y de lo que significó y significa hoy Ricardo Díez Hochleitner, porque realmente era un “hombre-horizonte” -como se refirió a él  tan bellamente, con el dominio que tiene de la lengua, Ángel Gabilondo-  que nos obligaba a seguirlo pero que nunca alcanzábamos… pero, entre tanto, nos había hecho caminar… Todo esto constituye el rastro, el impacto educativo y preventivo de Ricardo Díez Hochleitner, como promotor de muchas iniciativas y proyectos, como el de la Fundación Santillana. Tuve el honor de que aceptara ser miembro, desde su fundación en el año 2000, de la Fundación Cultura de Paz, que pretende la sustitución de la razón de la fuerza por la fuerza de la razón.

Ricardo Díez Hochleitner ha sido  para mí, en palabras de la poetisa gaditana Pilar Paz Pasamar, más que un amigo, un “hermamigo”.

Su mujer, su compañera inseparable consciente y esperanzada, sus 7 hijas e hijos tan brillantes y notorios, sus 22 nietos y 9 bisnietos, forman parte esencial de su inmenso legado humano y profesional.  Ricardo Díez Hochleitner supo poner en práctica de forma ejemplar los versos del sabio Athanasius: “¿De qué sirven / el caudal y los ríos de la ciencia / si no aprendemos a amar / y a renunciar a nosotros mismos?”.


Publicado en El País el 7 de abril de 2020