A Monseñor Pere Casaldáliga, con inmensa gratitud

lunes, 10 de agosto de 2020

“Hablemos del Tiempo, hermanos,
antes de que sea ido
lo que pudo ser humano.
Antes de que sea en vano
llorar un día perdido,
un surco sin nuestro grano,
un canto sin nuestro oído,
un remo sin nuestra mano”…

Estos versos de Dom Pedro reflejan  perfectamente su personalidad, su corazón, sus brazos y ojos abiertos a los demás.

El Obispo Pere Casaldáliga, misionero referente de “la iglesia del Evangelio y las sandalias”, teólogo de la liberación y poeta de la solidaridad, representa la cristiandad genuina, la que respeta la igual dignidad de todos los seres humanos, la de las manos tendidas, la de la austeridad extrema. Casaldáliga simboliza la frugalidad, la sencillez perseverante, la solidaridad, la entrega, el desprendimiento. Con sus versos y sus escritos y, sobre todo, con su ejemplo, ha iluminado tantos caminos!…

Pere Casaldáliga nos enseña que la pobreza material de muchos es el resultado de la pobreza espiritual de unos cuantos encumbrados, que no quieren observar lo que sucede más allá de su entorno. Esto me lleva a recordar Federico García Lorca cuando en 1936 escribía: "El día en que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la humanidad". La vida del Obispo Casaldáliga ha estado dirigida precisamente a contribuir a que desaparezca el hambre, se restañen las heridas y se reduzca la intolerable brecha social con la inmarcesible fórmula de “amarás al prójimo como a ti mismo”…
  
"No hay caminos para la paz, la paz es el camino", nos recordó el Mahatma Gandhi. Un camino guiado por principios y valores. Por la justicia en primer lugar. Por la libertad y la responsabilidad. La paz es, a la vez, condición y resultado, semilla y fruto. Es necesario identificar las causas de los conflictos para poder prevenirlos. Evitar es la mayor victoria.

En el Manifiesto 2000 -Año Internacional para una Cultura de Paz- suscrito por más de 110 millones de personas de todo el mundo, se establece "el compromiso, en mi vida cotidiana, en mi familia, en mi trabajo, en mi comunidad, en mi país, en mi región, de respetar todas las vidas; rechazar la violencia; liberar mi generosidad; escuchar para comprenderse; preservar el planeta; y reinventar la solidaridad". De esto se trata, de involucrarnos, de implicarnos personalmente en este proceso que puede conducir, en pocos años, a esclarecer los horizontes hoy tan sombríos y permitir la convivencia pacífica de todos los habitantes de la tierra. El Obispo claretiano Pere Casaldáliga es, en nuestra hoja de ruta cotidiana, componente crucial de la implicación personal para compartir, compadecer, convivir… para contribuir a ese otro mundo posible que anhelamos.

Ha llegado el momento de llevar a cabo los cambios radicales que merece la nueva era en los albores de siglo y de milenio. La mujer ya figura progresivamente en el estrado. Es tiempo de acción. Disponemos de muchos diagnósticos pero de pocos tratamientos a tiempo. El legado intergeneracional que asegure una vida digna a todos los seres humanos exige transformaciones sin demora.

Pere Casaldáliga nació en Balsareny, en 1928.  Fue ordenado sacerdote en 1952 y en 1968 se desplazó a Brasil, su patria de adopción, para desarrollar una intensísima labor de reconocimiento, ayuda y orientación a las comunidades indígenas. ¡Sí: todos los seres humanos iguales en dignidad! Años más tarde fue nombrado Obispo de la Prelatura de Sao Félix de Araguaio, en el Mato Grosso. Fundó el Consejo Indigenista Misionero y la Comisión Pastoral de la Tierra…  Cuarenta años de lucha en favor de la gente, contra la dictadura y el sometimiento. Se jubiló en el año 2008, pero ha seguido siempre en su puesto de vigía, de referente para nuevos rumbos y naves…

En la “Misa de los Quilombos, el pueblo negro grita libertad”, uniendo su voz a la de Pedro Tierra y Milton Nacimento, con la colaboración de José María Castillo, Cyprian Melibi y Eduardo Lallana… establece lúcida y audazmente diseños de  un porvenir común, sin discriminación alguna.

Fue en 1502 cuando llegaron a Brasil y otros países americanos los primeros esclavos procedentes de África…  Sus principales actividades eran la minería, la caña de azúcar, el café…   Desde esta fecha hasta finales del siglo XIX sesenta millones de africanos fueron comprados por los traficantes.  En la década de los 90, como Director General de la UNESCO, puse en marcha el Programa “La Ruta de los Esclavos” para poner de manifiesto y conferir todo su valor a este atroz hecho histórico. Los que lograban liberarse y huir de la esclavitud se refugiaban en territorios libres: son los llamados “kilombos” (Brasil) o “palenques” en Chile, Perú, Colombia…  “Kilombo” significa “casa”.

“Una nueva aurora que viene a despertar a la iglesia de Jesucristo...  En el pasado no ha sido solidaria con la causa de los esclavos”, exclamó D. José María Pires, Arzobispo de Joao Pessoa, de raza negra, en Recife en el mes de noviembre de 1981. Eduardo Lallana ha comentado que Dom Pedro “se encontró en su Prelazia con tres grandes problemas: la lucha por la tierra, el pueblo negro esclavizado y los indígenas degradados y marginalizados”.  Por este motivo compuso la Misa de la
Tierra sin Males para “conmemorar los millones de mártires que en nombre de la civilización occidental cristiana, en nombre de la Cruz se hicieron a los pueblos indígenas”…

Ambas misas, dos obras maestras de Teología y Poesía de la Liberación, son símbolos del quehacer pastoral de Dom Pedro y de su compromiso social y político. Dom Pedro Helder Camara alentó desde el primer momento estas acciones y Pedro Tierra, poeta  y militante brasileño fue su inspirado escritor. “Para escándalo de muchos fariseos y alivio de muchos arrepentidos… cantamos el remordimiento y la esperanza”. 

Ante la reprimenda vaticana, Dom Pedro matizaba que “quien celebra la muerte del Señor ya reivindica toda Vida.  Quien celebra su resurrección reivindica la Liberación plena de las personas y de los pueblos”. En 1992, la prohibición fue levantada…

De este modo, progresivamente unidos por un Dios sin color de piel, sin pertenencias por razón de historia o de costumbres todos se sentirán parte del mundo en su conjunto.  Como tan brillantemente expresó  Rigoberta Menchú al pueblo maya, llegará un día en que “se levantará en lo más alto del cielo azul/ la voz de los que nunca hablaron”.

La esplendida trayectoria humana de Dom Pere Casaldáliga me indujo a terminar la Introducción a mi libro “Recuerdos para el Porvenir” (2017) con unos versos suyos:

“Al final del camino me dirán:
“¿Has vivido? ¿Has amado?”.
Y yo, sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres”.

¡Ha hecho tanto bien!  ¡Son tantos los nombres que figuran en su corazón!
Podemos tener la seguridad de que su estela seguirá iluminando los caminos del mañana.
  
No le olvidaremos. Somos muchísimos los que le retendremos en nuestro iris y nuestra mente, para seguir "conspirando" en procurar aliviar y evitar el sufrimiento, para plantar semillas de amor en las tierras áridas de la desafección y del olvido, para alumbrar sonrisas en horizontes tan sombríos.

Federico Mayor Zaragoza
Presidente de la Fundación Cultura de Paz
Director General de la UNESCO (1987-1999)

Julio 2019

Un Mundo Nuevo - Propuestas para cambios apremiantes

viernes, 10 de julio de 2020


Hay propuestas que, con el tiempo, permanecen de actualidad e incluso se hacen más urgentes.

He releído los “cuatro contratos” que propuse en el libro “Un mundo nuevo”, publicado en el año 2000 cuando terminaba mis funciones como Director General de la UNESCO. Conté con un excelente grupo de información y prospectiva coordinado por Jêrome Bindé. Tenía entonces, como tengo ahora, la seguridad de que se iniciaría, con el siglo y el milenio, una nueva era en que la humanidad –todos los seres humanos y no sólo unos cuantos privilegiados- podría vivir plenamente el misterio de la existencia humana, capaz de crear, de pensar, de compartir, de anticiparse.

Los cuatro contratos que proponía para un mundo nuevo eran los siguientes:

1.     Un nuevo contrato social. Incluía las tendencias en la población, la pobreza y la marginación; cambiar la ciudad, cambiar de forma de vivir; el porvenir de los transportes urbanos; la lucha contra el consumo de drogas y el narcotráfico;… Los objetivos eran la paz y la justicia, ingredientes indispensables para un desarrollo sostenible que asegure la igual dignidad de todos los seres humanos.

2.     Nuevo contrato natural. Abordaba los temas propios de la calidad del medio ambiente; ciencia; desarrollo sostenible; desertificación; las fuentes de alimentación y energéticas; … de tal manera que fuera posible la sustitución de una economía basada en la especulación, la deslocalización productiva y la guerra por una economía basada en un desarrollo que garantizara la habitabilidad de la Tierra a las generaciones venideras. El compromiso intergeneracional es uno de los ejes que debe guiar nuestro comportamiento cotidiano.

3.     Nuevo contrato cultural: de la sociedad de la información a la sociedad del conocimiento. Abordaba la revolución de las nuevas tecnologías; el futuro del libro y la lectura; el valor patrimonial mundial de las lenguas y la educación en el horizonte del año 2020…  Quede claro que se trata de contribuir a la formación de ciudadanos que actúen en virtud de sus propias reflexiones, que sean “libres y responsables”, como se refiere a las personas educadas el artículo 1º de la Constitución de la UNESCO.

4.     Nuevo contrato ético. Dentro de este capítulo junto a los “dividendos de la paz”, la seguridad planetaria y el Sistema de las Naciones Unidas, se trataba también de una manera especial la deuda contraída durante siglos con la raza negra, de las especiales necesidades de África, que siempre compensa con su sabiduría y creatividad los intercambios que puedan efectuarse para su desarrollo socioeconómico y plena emancipación. Este importantísimo capítulo concluye –lo que es esencial destacar- que el por-venir está por-hacer, que se requiere con urgencia la transición desde una cultura secular de imposición, violencia y guerra a una cultura de diálogo, conciliación, alianza y paz.

Al final de cada capítulo se proponían soluciones concretas, basadas en la movilización popular, en la implicación personal, en expresarse libremente, en dejar de ser súbdito para “dirigir la propia vida”…

No cabe duda de que las expectativas no sólo no se han cumplido sino que la consecución de algunas es incluso más difícil que entonces.

La solución, no me canso de repetirlo, está en observar los “principios democráticos”, que con tanta precisión y lucidez establece la Constitución de la UNESCO, a escala personal, nacional y global.

La crisis actual demanda la urgente refundación de un Sistema de Naciones Unidas fuerte y con la autoridad moral que sólo poseen aquellas instituciones capaces de reunir a todos los países del mundo sin exclusión. Las ambiciones hegemónicas que condujeron a pretender gobernar el mundo desde agrupaciones plutocráticas de 6, 7, 8 o 20 países, deben dar ahora paso, como respuesta al clamor mundial que sin duda se producirá en poco tiempo, a la cooperación multilateral. Una nueva Asamblea General y unos nuevos Consejos de Seguridad (al actual se añadirían el Consejo de Seguridad Socioeconómica y el Consejo de Seguridad Medioambiental) que  permitieran el pleno desempeño de las funciones que, especialmente cuando la gobernanza global así lo exige, requieren disponer de estructuras internacionales adecuadas. Como reza la Carta de las Naciones Unidas, en el menor tiempo posible deben ser “los pueblos” — y no sólo los Estados — los que tengan representación en la Asamblea General, de tal modo que el progreso científico permita una vida digna para todos los habitantes de la Tierra, a través de una economía que atienda las prioridades bien establecidas hace ya tiempo por el Sistema de las Naciones Unidas: alimentación (agricultura, acuicultura y biotecnología); acceso general al agua potable (recolección, gestión, desalinización...); servicios de salud de calidad; cuidado del medio ambiente (emisiones CO2, energías renovables, etc.); educación y paz. Una educación que proporcione a todos conciencia global. Es un aspecto crucial: el prójimo puede ser próximo o distante. Y el cuidado del entorno no debe limitarse a lo más cercano sino que debe extenderse, porque el destino es común, a todo el planeta.

Es imprescindible volver a situar los valores –¡no los bursátiles!- en el centro de nuestra vida cotidiana, y encarar adecuadamente los desafíos que, juntos, podemos superar. La solución está en medidas políticas, porque los políticos, en democracias genuinas, tienen que reflejar la voluntad del pueblo.

No es posible que, cuando se habla de seguridad, se siga pensando que la fuerza militar es la única expresión y referencia de "seguridad". Es un gravísimo error, costosísimo error que, por lo general, cuesta y causa mucho dolor en pérdidas humanas y materiales. Pensar así, es tener una visión sesgada y seguir deteniéndose exclusivamente en los aspectos bélicos y dejando totalmente relegados otros muchos aspectos de la seguridad "humana", que es, en cualquier caso, lo que realmente debe importar.

La diferencia entre los medios dedicados a potenciales enfrentamientos y los disponibles para hacer frente a recurrentes catástrofes naturales (incendios, inundaciones, terremotos, tsunamis,...) evidencia que el concepto de "seguridad" (http://federicomayor.blogspot.com/2016/08/urgente-un-nuevo-concepto-de-seguridad_29.html ) que siguen promoviendo los grandes productores de armamento es anacrónico pero, sobre todo, está poniendo en grave riesgo a la humanidad en su conjunto y demanda un “contrato de seguridad”.

No me canso de recordar que no es posible que continuemos observando los arsenales colmados de cohetes, bombas, aviones y barcos de guerra, submarinos... sin levantar la voz y decir hay miles de seres humanos que mueren de hambre cada día, que viven en condiciones de extrema pobreza sin acceso a los servicios de salud adecuados... sin reaccionar ante esa cruda realidad y el deterioro progresivo de las condiciones de habitabilidad de la Tierra. Debemos actuar sin dilación porque se está llegando a puntos de no retorno en cuestiones esenciales del legado intergeneracional.

Alcemos la voz…  Ahora, por primera vez en la historia, “Nosotros, los pueblos”, ya hombre y mujer, podemos expresarnos libremente. Ahora ya podemos concertar hora y día  para que desde millones de móviles rechacemos las decisiones intolerables de líderes que anuncian que no van a seguir los Acuerdos sobre Cambio Climático y sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible, poniendo en riesgo la calidad de vida de los habitantes de la Tierra.

Ha llegado el momento de la ciudadanía mundial, de la convivencia sin fronteras, de compartir bienes, conocimientos, experiencia e intrepidez… para hacer frente a  los anclados en la inercia, en insistir en aplicar viejos remedios para nuevas patologías. Los líderes actuales dan muestra de un cortoplacismo irresponsable. Todo buen gobernante debe tener en cuenta, en primer lugar, los procesos que pueden conducir a daños irreparables. Millones de mujeres y hombres de toda la Tierra deben gritar que no van a consentir que se  lesione de manera  irreversible  el entorno ecológico.

La palabra com-partir — que era clave del Sistema de las Naciones Unidas en los años 50 y 60 — se ha ido acallando progresivamente y, en lugar de fortalecer a los países más necesitados con un desarrollo integral, endógeno, sostenible y humano, las ayudas al desarrollo se han reducido hasta límites insolentes y el Banco Mundial para la Reconstrucción y el Desarrollo “perdió” su apellido y se ha convertido en una herramienta al servicio de las grandes entidades financieras; y se ha debilitado al Estado-nación, transfiriendo progresivamente recursos y poder a gigantescas estructuras multinacionales.

No podemos seguir callados. No podemos seguir siendo impasibles espectadores de lo que acontece, porque nos convertiríamos en cómplices. Las comunidades científica, académica, docente, artística, intelectual y creativa, en suma, debe situarse en la vanguardia de la movilización popular (https://aeac.science/pacto2019/ ). Es preciso que actúe ahora, con gran apremio, para asegurar las condiciones de vida de los ciudadanos, que dejen de hallarse  manipulados por la omnipotente y omnipresente influencia del “gran dominio” (militar, financiero, energético y mediático).

Debemos apercibirnos de que hemos entrado en una nueva era en la que los seres humanos ya no vivirán confinados territorial e intelectualmente; en que la longevidad procurará una formidable experiencia que debe ser plenamente utilizada, pero depositando en personas menos añosas las funciones ejecutivas; en que los jóvenes, conocedores de la Tierra, con conciencia y ciudadanía global, contribuirán con su imaginación y su impulso a hacer realidad, por fin, el otro mundo posible que anhelamos. La inercia es el gran enemigo. Es tiempo de acción. Ya no se requieren más diagnósticos: es la hora de poner en práctica los tratamientos…

La actual situación hace más necesaria que nunca la adopción de una Declaración Universal de la Democracia (ética, social, política, económica, cultural e internacional - https://declaraciondemocracia.wordpress.com/ ), único marco en el que podrían ejercerse plenamente los derechos y deberes humanos. Democracia a escala personal, local, nacional, regional y planetaria: esta es la solución para todos y para todo. La fuerza de la razón en lugar de la razón de la fuerza, y comprobar la inmensa y distintiva capacidad creadora de la especie humana, que no puede reducirse a pequeños espacios y miopes objetivos.

Es necesario inventar el futuro. “Ingeniar” el futuro con la creciente participación de ciudadanos de todo el mundo, capaces de conocerse y concertarse a través de las redes sociales virtuales de creciente importancia y capacidad de movilización, que propondrán soluciones a los distintos problemas planteados, pasando a ser una parte relevante del funcionamiento democrático a escala local y planetaria. Innovación política, económica y social. Eliminación sin contemplaciones de la evasión tributaria, de los paraísos fiscales y de la corrupción, utilizando así mismo fuentes alternativas de financiación, como el impuesto sobre transacciones financieras electrónicas; contribuciones estrictamente proporcionales a los ingresos; revisión conceptual y práctica del trabajo y del empleo, propia de la era digital…

En este “nuevo comienzo” será necesario, con rapidez y buen tino, compartir adecuadamente los beneficios que se obtienen de la explotación de los recursos naturales entre aquellos que poseen la tecnología y los habitantes de los espacios donde dichos recursos se hallen.

Otro reto no menos importante que requiere un  “contrato” es el que tiene que ver con el narcotráfico, que constituye una auténtica y gravísima amenaza a la estabilidad mundial y, después de muchos años, está sucediendo lo peor: se acepta como un "efecto colateral" del sistema económico, de la desequilibrada y confusa gobernación global que ha situado al mercado como protagonista de la política planetaria, en lugar de los principios democráticos.

El precio de las drogas no tiene el menor efecto disuasorio. El que cae en la trampa inmensa de la adicción, consigue los fondos que necesita como sea: desgarros familiares, amistades, robos… Su apremiante deseo no se soluciona con las armas sino con un adecuado enfoque sanitario. Es un problema de salud pública, no de seguridad.

Debería hacerse una gran campaña, en la que colaboraran todos los medios de comunicación, toda la sociedad implicada, para la mentalización contra la droga.

En último término, por las dimensiones del tráfico y su impacto económico y delictivo, el consumo de drogas afecta a la sociedad en su conjunto. A los adictos hay que ayudarles a que logren re-hacerse, a recuperar el dominio de sí mismos, para que vuelvan a "ser", para que vuelvan a vivir plenamente el misterio de su existencia. Y a los narcotraficantes hay que llevarles ante los tribunales y, todavía mejor, conseguir que desaparezcan haciendo que no valga nada su "mercancía".

Como en el caso del alcohol y del tabaco, es un tema de honda repercusión patológica, y deben realizarse amplias campañas para educar a los potenciales consumidores y alertar debidamente a la sociedad, para que sepan antes de iniciarse a lo que se exponen, y tratarlos luego –al igual que se hace con los afectados por el tabaco o el licor- en las instalaciones hospitalarias correspondientes. Hay que apelar a la responsabilidad de toda la sociedad porque es un drama que, progresivamente, afecta a todos…

En resumen, 20 años después, con la experiencia y conciencias adquiridas, en las reflexiones durante el confinamiento por el coronavirus, está claro que la gobernanza debe ser multilateral y que corresponde a “Nosotros, los pueblos” participar activamente en el “nuevo comienzo” como proclama “La Carta de la Tierra”, excelente hoja de ruta para los tiempos que se avecinan… Hay motivos de esperanza: las voces de la mujer y de la juventud, presenciales y en el ciberespacio, propiciarán los cambios esenciales y apremiantes que son exigibles.

En el otoño de 2015, después de unos años de lúcidos cambios y el adecuado enfoque de muchos temas internacionales (islam, ecología, mediación…), el Presidente Obama, un afrodescendiente, logró una gran pausa de esperanza al suscribir los Acuerdos de París sobre Cambio Climático  y la Resolución adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la Agenda 2030 con 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, que se titula “Para transformar el mundo”, pensando en nuestros descendientes… Después de 4 años y medio de inacción por la irresponsable actuación de su sucesor, el Presidente Donald Trump, los horizontes actualmente ensombrecidos todavía más por el COVId-19, requieren un apremiante esclarecimiento. Las palabras iniciales de “La Carta de la Tierra” cobran todo su sentido: “Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro…”.

Digamos alto y fuerte a todos los que ahora son responsables de la puesta en práctica de las decisiones que trascienden las fronteras: es inaplazable una nueva cosmovisión con nuevos estilos de vida. El gran desafío a la vez personal y colectivo es cambiar de modelo de vida. El mundo entra en una nueva era. Tenemos muchas cosas que conservar para el futuro y muchas otras cosas que cambiar decididamente. Por fin, los pueblos. Por fin, la voz de la gente. Por fin, el poder ciudadano. Por fin, la palabra y no la fuerza. Una cultura de paz y no violencia y nunca más una cultura de guerra.

La gran transición de la fuerza a la palabra. De la mano armada a la mano tendida. Ha llegado el momento de la ciudadanía mundial, de la convivencia sin fronteras, de compartir bienes, conocimientos y experiencia…


Todos los seres humanos iguales en dignidad

miércoles, 10 de junio de 2020


Así de sencillo. Al final de la segunda gran guerra, dolorosamente apercibidos de que el supremacismo, el racismo, la xenofobia, el dogmatismo… estuvieron en el origen de un conflicto bélico sin precedentes, con un inmenso coste en vidas humanas… los líderes de aquel momento adoptaron, entre otras de menor calado, dos decisiones esenciales: el multilateralismo democrático, para sustituir progresivamente la razón de la fuerza por la fuerza de la razón, y unos valores, derechos y deberes éticos supremos cuyo fundamento es la igual dignidad de todos los seres humanos, sea cual sea su género, su etnia, su ideología, su creencia, sus sensibilidad sexual, su linaje… De esta forma se descartaban radicalmente los brotes que habían conducido al nazismo (Adolfo Hitler, 1933, “la raza aria es incompatible con la judía”…); el fascismo (Benito Mussolini, ponderación de la romana); Imperio del Sol Naciente en Japón (con el Plan Tanaka adoptado por el Emperador Hiro-Hito).

En 1945 se crea el Sistema de las Naciones Unidas y en la Constitución de la UNESCO figura claramente el valor supremo de la igual dignidad humana y la necesidad de guiarse por “principios democráticos”. Tres años más tarde, en el artículo 1º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se reitera la igual dignidad… Está, pues, meridianamente claro el mensaje de “Nosotros, los pueblos” al término de la segunda gran guerra: gobernanza democrática basada en la no discriminación, y, por tanto, en la improcedencia de cualquier “distintivo” favorable a unos u otros seres humanos.

Era un momento en que seguía prevaleciendo el poder absoluto masculino y el 90% de la humanidad nacía, vivía y moría en unos kilómetros cuadrados, con total desconocimiento de lo que acontecía más allá de su entorno inmediato. Lógicamente eran sumisos, temerosos, obedientes, silenciosos. La mujer se hallaba totalmente marginada y, a pesar de las consideraciones que anteceden, el racismo –adquiriendo a veces caracteres tan radicales como los de África del Sur- seguía prevaleciendo en buena parte del planeta.

Por no mencionar la esclavitud en épocas más lejanas pero bien conocidas, quiero exponer aquí únicamente la que tanto relieve tuvo a partir del siglo XVI en América, donde el tratamiento a los aborígenes lleva a Fray Bartolomé de las Casas a actuar con tal brío en su favor que es nombrado “Procurador o Protector Universal de todos los indígenas”. En las Leyes de Indias, emitidas en Burgos en 1513, se legisla ya en favor de los derechos humanos de los indios, y en 1516 el Cardenal Cisneros manifiesta con claridad que “Dios les ha dado los mismos talentos que al hombre blanco”.

Unos años más tarde el jesuita Pedro Claver se dedica con gran solicitud a aliviar el sufrimiento de los esclavos que llegaban al puerto negrero de Cartagena de Indias. Su lucha en favor de la total igualdad humana de los esclavos negros condujo a su canonización por el Papa León XIII en 1888.

También hay que mencionar en el mismo contexto americano el “Grito de Morelos” del Padre Miguel Hidalgo del 16 de septiembre de 1810, cuando proclama la independencia de México y manifiesta una total equiparación con los indígenas.

Acabo de referirme a América como ejemplo de lo que sucedía en otras partes del mundo, en otros contextos étnicos y culturales, para destacar que era el poder absoluto ya referido, el que impedía que todos los seres humanos recibieran igual tratamiento.

En lo que concierne a África, tuve ocasión, ya en el año 1976, de conocer a un gran africano, el senegalés Amadou Mahtar M’Bow, Director General a la sazón, de la UNESCO. Unos años más tarde, como Director General tuve la oportunidad de entablar excelentes relaciones de amistad con líderes africanos, tales como Léopold Sédar Senghor, Julius Nyerere, Aminata Traoré, Gertrude Monguella, Félix Houphouët-Boigny, Graça Machel, Doudou Diene, Kofi Annan  y, muy en particular, al prisionero, durante 27 años, llamado Nelson Mandela, más tarde símbolo mundial de conciliación y universalidad. Por todo ello, fue en el corazón de África, en Yamoussoukro, donde en 1989, tuvo lugar, la gran reunión de la UNESCO para iniciar el Programa Cultura de Paz y No Violencia, intentando, precisamente desde África, sustituir progresivamente la imposición, el dominio y la guerra por el encuentro, el diálogo, la alianza y la paz. La fuerza por la palabra.

Fue en la Isla de Goré, desde donde salían la mayoría de los barcos con esclavos negros, declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad para que todo el mundo tuviera esta referencia, donde escribí, en julio de 1992,  cuando se creó el gran Programa Internacional La Ruta del Esclavo, para que todo el mundo pudiera aprender lo que representó el enorme magnicidio de la raza negra, los versos siguientes: “Su última / mirada / antes de ser tendido / en la bodega. / Su última / mirada / a aquella puerta / angosta, / a aquella isla, / a aquella tierra / suya / que ahora navega / en olas de desamor / hacia ignoradas costas. / Cuánto / queremos hoy / esos sollozos, / esa última / mirada viajera / desenraizada / brutalmente / de su paisaje, / de su casa, /de sus riberas. / Fueron vendidos / al peso. / Debemos / pagar la deuda”. Meses después se construyó en Ouidah, en Benin, el Arco del No Retorno…

Quiero mencionar ahora algunas de las palabras dedicadas a Nelson Mandela cuando llevaba 26 años en prisión, los últimos en Robben Island, cerca de Ciudad del Cabo, y había preparado ya tantas semillas de solidaridad, de concordia y de paz: “Allí estas, aherrojado, / dándonos libertad / a manos llenas. / Queremos hoy que sepas / que nuestras alas / tienen en cada pluma / la marca de tus rejas; / … que desde tu celda / libera y excarcelas / a tanto corazón anclado / en la tibieza…”.

Un hecho a destacar es que al acercarse el año 2000, con cambio de siglo y de milenio, la Unión Europea redactara la Carta de Derechos Fundamentales que, precisamente, se inicia con la igual dignidad. Parecía que, por fin, la humanidad iba a actuar debidamente en uno de los aspectos cruciales para una nueva era en que las capacidades inherentes a la especie humana (pensar, imaginar, anticiparse, innovar, ¡crear!) pudieran ejercerse plenamente por todos.

No ha sido así. A pesar de que, por primera vez en la historia y gracias en buena medida a la tecnología digital, la ciudadanía mundial ya conoce hoy lo que acontece; y puede expresarse libremente –¡ahora “Nosotros, los pueblos” ya tenemos voz!- y, sobre todo, la mujer está alcanzando la total igualdad que le corresponde para participar con sus facultades inherentes… la deriva neoliberal no ha permitido que la gobernanza sea multilateral y democrática y que se descarten sin reserva alguna los brotes de supremacismo, fanatismo y dogmatismo. El multilateralismo ha sido marginado progresivamente por el Partido Republicano de los Estados Unidos. No es desde ahora, no. Ya en 1919, impidió que Norteamérica perteneciera a la Liga de Naciones… ¡creada por un Presidente norteamericano! (Woodrow Wilson). Con esta ausencia fundamental la Sociedad de Naciones no pudo reconducir debidamente el autoriatismo y el populismo, y, como ya he mencionado, el nazismo y el fascismo condujeron a la segunda guerra mundial.

Después de la guerra fría, que tanto ensombreció la actuación del Sistema de las Naciones Unidas, dos hechos inesperados –la transformación de la Unión Soviética en una Comunidad de Estados Independientes y la superación del apartheid racial, la forma más abominable de racismo, en Suráfrica, por obra y gracia de Mikhail Gorbachev y Nelson Mandela, respectivamente- llenaron de esperanza las perspectivas de la humanidad en su conjunto. Pero, de nuevo, fue el Partido Republicano de los Estados Unidos, con el Presidente Reagan y la cooperación de la Primer Ministro del Reino Unido, Margaret Thatcher, los que arrinconaron al multilateralismo democrático y confiaron a sólo seis países, el G6, la gobernanza mundial. La deriva neoliberal –que pasó ulteriormente al G7, G8 y G20, este último incremento con motivo de la crisis financiera del año 2008- condujo a la humanidad en su conjunto a un “gran mercado” donde la única referencia era el producto interior bruto (PIB), índice de crecimiento económico pero no de desarrollo sostenible.

Desde hacía muchos años varias instituciones y entidades científicas habían llamado la atención, con énfasis acumulado, sobre la necesidad de  reducir la emisión de gases “con efecto invernadero”, porque podían conducir de forma irreversible a un cambio climático con calentamiento global y, en definitiva, al deterioro de la habitabilidad de la Tierra.

Ya en 1947, la UNESCO había creado la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y los Programas Internacionales Hidrológico, Geológico y Oceanográfico, reunidos en el gran Programa “El Hombre y la Biosfera”… y el Club de Roma, con Aurelio Peccei a la cabeza, había advertido de la necesidad de observar los “límites del crecimiento”… y la Academia de Ciencias de los Estados Unidos había manifestado en 1979 que era apremiante reducir las emisiones de anhídrido carbónico urgentemente porque su recaptura por los océanos estaba disminuyendo debido a la degradación, así mismo, de las aguas marinas (fitoplancton)…

Siempre desoídos. Sólo los “mercados” progresando y ocupando todo el espacio que debía estar reservado a las grandes prioridades defendidas en todo momento por las Naciones Unidas: alimentación, agua potable, servicios de salud de calidad, cuidado del medioambiente, educación para todos a lo largo de toda la vida, y paz.

En el año 2015, después de unos años de esperanza por el adecuado enfoque de muchos temas internacionales (islam, ecología, mediación…) el Presidente Obama, un afrodescendiente, logra una gran pausa de esperanza al suscribir en ese otoño los Acuerdos de París sobre calentamiento global y la Resolución adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la Agenda 2030 (Objetivos de Desarrollo Sostenible) “para transformar el mundo”.

Para general infortunio, la elección del Presidente Donald Trump, representó un cambio radical en estas tendencias que parecían tan favorables y, desde el primer momento, declaró que no iba a poner en práctica los Acuerdos sobre medioambiente y, en cambio, reclamó mayores inversiones en defensa… que  le fueron atribuidas, mansamente, por líderes amilanados y sometidos al poder de los mercados, a una economía basada en la especulación, la deslocalización productiva y la guerra (no me canso de repetir que cada día mueren de hambre miles de personas al tiempo que se invierten en gastos militares y armas más de 4000 millones de dólares). La Unión Europea, atrapada en las mismas redes, había dejado de ser la Europa democrática, solidaria, defensora de los derechos humanos y de la igual dignidad… cerrando fronteras en lugar de procurar ayuda al desarrollo de los países emergentes, contribuyendo a la explotación en lugar de la cooperación internacional… si bien, en los últimos años alarmada por los movimientos ultraderechistas, populistas y absolutistas, pretendía reconducir sus actuaciones.

A todas estas, llegó el coronavirus COVID-19 y sorprendió a quienes, interesados únicamente en facilitar el tráfico humano, no habían adoptado las medidas que algunas comunidades científicas habían recomendado en vano dado que las epidemias, que siempre han existido y existirán, serán pandemias precisamente por la inmensa movilidad de los transmisores. Y la  humanidad se ha dado cuenta de que hay una serie de pautas que deben seguirse, de que los virus no reconocen fronteras ni apellidos y que es apremiante un nuevo concepto de seguridad  que a la defensa de los territorios añada la capacidad para hacer frente a catástrofes naturales o  provocadas y, sobre todo, de prevención en gran medida de agentes patógenos.

Es un escándalo intolerable que se negocie con la salud. Que las residencias de ancianos en lugar de un servicio de salud de calidad sean parte de un gran negocio… que la privatización no haya permitido disponer de los arsenales “médicos” que sólo se utilizan, desde tiempo inmemorial, para los conflictos…

Esta vez, no se olvidará. Esta vez, las lecciones aprendidas se llevarán a la práctica porque ahora los ciudadanos ya pueden expresarse y tienen muy claro que las riendas del destino común no pueden hallarse en manos de unos cuantos grupos plutocráticos sino de “Nosotros, los pueblos”, como se inicia la Carta de las Naciones Unidas. Ahora –lo estamos viendo por  fortuna con la reacción mundial frente a la discriminación a la raza negra en los Estados Unidos- “los pueblos” ya no permanecerán callados, ya no se dejarán distraer; manifestarán en grandes clamores populares sus puntos de vista… a sabiendas de que hoy, si no hay evolución habrá revolución. He insistido en que la diferencia entre una y otra es la “r” de responsabilidad. Hasta hace poco desaconsejaba la revolución porque conllevaba violencia. Ahora, desde que los pueblos tienen voz, ya no es necesario recurrir a la manifestación violenta. Ha llegado el momento de sustituir la fuerza por la palabra. No por la palabra de unos cuantos sino la de todos.

Una nueva era, una nueva forma de vivir

miércoles, 13 de mayo de 2020


Ya estaba muy claro, antes de la pandemia del coronavirus, que eran necesarios cambios radicales en la gobernanza mundial para evitar amenazas globales e irreversibles sobre la propia habitabilidad de la Tierra, procurando a todos sus habitantes y no sólo a unos cuantos, las condiciones para una vida digna.

Ahora, después de haber vivido un confinamiento a escala planetaria totalmente inesperado hace tres meses, es imperativo reflexionar y tomar las decisiones a escala colectiva pero, sobre todo personal, que permitan reconducir tan grave situación antes de que sea demasiado tarde.

En febrero de 2012, publicaba en “Reacciona”, un libro de diversos autores coordinados por Rosa María Artal, lo siguiente: “Es tiempo de acción… No se trata de hacer frente a una crisis económica sino sistémica. No de una época de cambios sino de un cambio de época. En los últimos estertores del neoliberalismo, los más recalcitrantes representantes del “gran dominio” intentan convencernos de que volverán a lograr el “estado de bienestar”: el consumo, el empleo, los horizontes sociales… Todo ello, bien entendido, aplicable únicamente al 20% de la humanidad, ya que el resto seguiría como hasta ahora, sumido en un gradiente de precariedades progresivas”…

Es innecesario, por tanto, insistir en que ahora, ahora sí, los ciudadanos del mundo ya no vamos a consentir que se repita el agravio histórico que representa para las generaciones venideras dejar irresponsablemente  que se alcancen puntos de no retorno.

He aquí, resumidas en la medida de lo posible, las fases que pueden conducir a una nueva era en la que los horizontes actuales se hayan esclarecido:
1.     Toma de conciencia:
-         De la globalidad de las amenazas:
o   Irreversible deterioro ecológico.
o   Pandemias.
o   Extrema pobreza.
-         Respuestas globales:
o   Sólo pueden darlas, como tan lúcida y prematuramente se inicia la Carta de las Naciones Unidas, “los pueblos”, todos los seres humanos convertidos en actores del cambio y nunca más espectadores impasibles de lo que acontece.
Por primera vez en la historia, todos iguales en dignidad, sin    discriminación alguna por razones de género, etnia, ideología, creencias…; y capaces de expresarse libremente. Por fin, “los pueblos” tienen voz y, unidos, pueden tomar en sus manos las riendas del destino común. Después del fracaso rotundo de los grupos plutocráticos (G6, G7, G8, G20) está claro que sólo un multilateralismo democrático puede encauzar la voluntad popular a nivel mundial.

2.     Cambios apremiantes:
-         Transición de una cultura de imposición, dominio, violencia y guerra a una cultura de encuentro, diálogo, mediación, conciliación, alianza y paz. De la fuerza a la palabra. (Declaración y Plan de Acción sobre una Cultura de Paz, Asamblea General de las Naciones Unidas, septiembre 1999).
-         Transición de una economía basada en la especulación, deslocalización productiva y guerra -cada día mueren de hambre millares de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años de edad, al tiempo que se invierten en armas y gastos militares más de 4000 millones de dólares- en una economía basada en el conocimiento, en la cooperación y no en la explotación, para la eficaz puesta en práctica de la Agenda 2030 (Objetivos de Desarrollo Sostenible, Resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas de noviembre de 2015 “para transformar el mundo” ) y los Acuerdos de París sobre Cambio Climático.
Para ello es impostergable reducir los gastos de defensa y aplicar los medios necesarios para la diligente aplicación en todo el planeta de un nuevo concepto de seguridad con las seis prioridades establecidas por las Naciones Unidas:
alimentación
agua potable
servicios de salud de calidad
cuidado del medio ambiente
educación a lo largo de toda la vida
paz

3.     Todo ello implica otra forma de vivir. Un estilo de vida que permita llevar a cabo el fundamento general de todos los derechos humanos: la igual dignidad. La actual brecha social y el olvido permanente de los que viven en condiciones de extrema pobreza deben superarse, teniendo siempre la mirada puesta en el conjunto de la humanidad. Ahora mismo, al conocer los datos de los efectos del COVID-19, debemos pensar en los que sufren cada día las consecuencias de patologías consideradas por la sociedad saciada como “irremediables” -desnutrición severa, carencia de servicios higiénicos, enfermedades crónicas como el paludismo, el ébola, el dengue… pero, sobre todo, de las guerras (en la guerra de Siria van más de 380.000 muertos, y en la invasión de Irak, basada en la simulación y la mentira, con miles de víctimas o las de la terrible “operación Cóndor” desplegada por los Estados Unidos en América Latina en los años 70).

4.     La solución, el multilateralismo democrático dotado de recursos personales, financieros, técnicos y de defensa necesarios. Unas Naciones Unidas actualizadas con una Asamblea General en la que el 50% de los miembros representaran a Estados y otro 50% representaran a la sociedad civil, en la que hubiera voto ponderado pero no veto y en la que al Consejo de Seguridad se añadieran un Consejo Socioeconómico y otro Medioambiental o Ecológico, permitirían, por fin, poner término a las hegemonías que han permitido hasta ahora la aplicación del perverso proverbio de “si quieres la paz, prepara la guerra” y resolver los conflictos, que siempre existirán, a través de la diplomacia y la mediación.

La intervención de un multilateralismo eficiente permitiría no sólo “evitar el horror de la guerra a las generaciones venideras”, sino impedir la extraordinaria influencia de grandes consorcios internacionales, la explotación de los países ricos en recursos  como el litio, el coltán, el cobre, extensiones para el cultivo de soja, carburantes… y, así mismo, pondría fin al narcotráfico que hoy sigue extendiendo su poderío de manera indiscriminada.

5.     La nueva era se caracterizaría por el funcionamiento democrático a todos los niveles -¡es incomprensible que la Unión Europea conceda, de hecho, el veto a todos sus integrantes, ya que los acuerdos deben adoptarse por unanimidad!- y permitiría eliminar la corrupción y los paraísos fiscales, atendiendo el asesoramiento de las comunidades educadora, científica, artística… que hasta ahora han sido desoídas, lo que ha resultado en la gravísima situación presente. En efecto, sólo en términos de ecología, la UNESCO ya alertó en los años 70 de la necesidad de limitar las emisiones de gases con efecto invernadero… y lo hizo el Club de Roma en 1972 con su Informe “Los límites del crecimiento”… y la Academia de Ciencias de los Estados Unidos… sin que se obtuviera nunca la respuesta adecuada.

Hace tan sólo tres años, cuando se había logrado la Agenda 2030 y la regulación del calentamiento global, gracias en buena medida al Presidente Barack Obama -¡hasta el Papa Francisco hizo pública una Encíclica Ecológica!-  el Presidente Trump no sólo requirió y ¡obtuvo! más fondos para defensa sino que advirtió que no pondría en práctica los ODS. Frente a esta intolerable actitud, no hubo reacción alguna. ¿Se necesitan más pruebas para que los ciudadanos del mundo, de una vez, tomen las riendas del destino común?

En el artículo que citaba al principio terminaba así. “Ha llegado el momento de replantear el sistema, no de aceptarlo o de adaptarlo. Así se inicia la “Carta de la Tierra”. Nos hallamos en un momento crítico de la historia, un momento en el cual la sociedad ha de elegir su futuro… Hemos de unirnos para crear una sociedad global sostenible basada en el respeto a la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y la cultura de paz”…

En la nueva era, será el multilateralismo, será la democracia vivida por cada ciudadano, será la responsabilidad colectiva, la que permitirá que las generaciones venideras no repitan la terrible frase de Albert Camus, que cito con frecuencia: “Les desprecio porque pudiendo tanto se atrevieron a tan poco”.