Mucha atención a las conclusiones de la Cumbre Climática

lunes, 16 de septiembre de 2019


convocada por el Secretario General de las Naciones Unidas, que tendrá lugar el próximo día 23 de septiembre en Nueva York. El Informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) no deja lugar a dudas: “Para evitar que el aumento de la temperatura del planeta supere 1,5 grados centígrados respecto a la era pre industrial, será necesario reducir las emisiones globales de dióxido de carbono en un 45% para 2030”. Todo dependerá de la capacidad que tengamos los seres humanos para dejar de ser espectadores impasibles e irresponsables a ser actores, a demostrar con nuestro comportamiento cotidiano que somos conscientes del desastre que supondría para nuestros descendientes seguir mirando hacia otro lado.

No es el Presidente Trump ni son los mandamases de los grandes consorcios globales, ni los billonarios de la mano opaca los que deben seguir en el timón de la gobernanza mundial.  Somos, por primera vez en la historia, “Nosotros, los pueblos” como expresa la primera frase de la Carta de las Naciones Unidas. Ahora ya podemos manifestarnos libremente, ya tenemos voz. Ahora ya somos mujer y hombre, ya hemos comprendido la igual dignidad de todos los seres humanos, sea cual sea su género, su etnia, su ideología, su creencia…

Ahora ya  no podemos seguir dependiendo de gobernantes amilanados, cuando debemos hacer frente a amenazas globales potencialmente irreversibles.

Ahora son, por fin, “los pueblos”, en los que la mujer y la juventud tendrán un papel relevante, quienes  llevarán a cabo, una inflexión tanto tiempo  imposibilitada por el poder absoluto masculino. Ahora, por fin, grandes clamores populares, presenciales y en el ciberespacio, para decirle al “gran dominio” (militar, energético, financiero, mediático) que el tiempo del silencio y la sumisión ha concluido,  que no habrá más poder que la voluntad de la gente amenazada y comprometida, reforzando y poniendo a punto el Sistema de Naciones Unidas para el pleno ejercicio de un multilateralismo democrático a escala planetaria.

Esta es la solución en los presentes albores de siglo y de milenio tan sombríos, que pueden todavía esclarecerse si, en poco tiempo, la humanidad es capaz de inventar un futuro distinto al que procuran los grupos plutocráticos neoliberales (G7, G8, G20) y quienes, olvidando lecciones de la historia que deberían de ser inolvidables, promueven el supremacismo, el racismo, el dogmatismo, el fanatismo…

Atentos, pues, a las conclusiones de la Cumbre Climática. Atentos a las Naciones Unidas. Es tiempo de acción.

Inaplazable pacto mundial sobre las personas refugiadas y migrantes

martes, 3 de septiembre de 2019


Desde hace tiempo vengo insistiendo en la imperiosa necesidad ética de ocuparse de temas que, por su especial relieve humano a escala global, no deben ser progresivamente abducidos por la rutina y la vorágine informativa, hasta ser totalmente marginados y pasto de la indiferencia colectiva.

El “gran dominio” (militar, energético, financiero, mediático) ha ido socavando los pilares del comportamiento cotidiano de muchísimas personas, convertidas en testigos impasibles, en espectadores silenciosos de lo que acontece, en lugar de actores activos, conscientes de sus responsabilidades, ciudadanos del mundo dispuestos a hacer frente a desafíos que requieren una completa reconducción de las presentes tendencias, sabiendo que, por primera vez en la historia, la humanidad hace frente a amenazas potencialmente irreversibles que pueden, si no se actúa con presteza, alcanzar puntos de no retorno.

“Tendréis que cambiar de rumbo y nave”, advirtió lúcidamente José Luis Sampedro. El por-venir está, todavía, en cierta medida, por-hacer, y constituiría un error histórico permanecer inmutables mientras la habitabilidad de la Tierra se degrada y la calidad de vida, de una vida digna, se desvanece. Exclusivamente atentos al PIB, los “grandes” van ampliando la brecha social, hasta el punto de que la acumulación de riqueza llega a límites de escándalo. Tan afanados están en almacenar riqueza que olvidan, como creo oportuno repetir ahora, que “las mortajas no tienen bolsillos”… Y son los grandes consorcios mercantiles los que favorecen un neoliberalismo a la deriva confiando la gobernanza mundial a unos grupos oligárquicos y plutocráticos (G6, G7, G8, G20) que descaradamente se oponen al multilateralismo democrático, dejando a las Naciones Unidas desarboladas. Y, quieran reconocerlo o no ,  son las Naciones Unidas, a pesar de muchos pesares, las que claman justamente por una cultura de paz; por otro concepto de seguridad en que no sólo se asegure la protección de los territorios sino de quienes los habitan; por el cumplimiento sin mayor demora de la Agenda 21, aplicando los 17 ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) que la Asamblea General adoptó en 2015 “para transformar el mundo”; por la diligente puesta en práctica de los Acuerdos de París de 2015 sobre Cambio Climático…

Es inaplazable, pues, un “volantazo” de la situación actual que, actuando con celeridad y rigor científico, pudiera llevar, en muy poco tiempo, a puertos mejor concebidos para garantizar una vida digna. Corresponde ahora a “Nosotros, los pueblos” -como de forma tan clarividente como prematura se inicia la Carta de las Naciones Unidas- liderar la reacción. Hasta hace muy poco, una gran mayoría de los seres humanos nacían, vivían y morían en unos pocos kilómetros cuadrados y no estaban al tanto de lo que sucedía más allá de su entorno inmediato. Pero ahora, gracias a la tecnología digital en buena medida, ya saben lo que ocurre y, además, ya tienen voz. Poder expresarse libremente es esencial para los radicales cambios que ahora son indispensables.

Sobre todo, ya no están sometidos a un poder absoluto masculino. Ahora ya, día a día, se incrementa, hasta alcanzar la igualdad en breve plazo, la presencia y papel de la mujer. En consecuencia, ahora sí, “Nosotros, los pueblos” ya podemos y debemos sustituir la fuerza por la palabra, confiriendo una gran capacidad de acción a las Naciones Unidas que, con el apoyo decidido de muchos países podría actuar con diligencia ahora y, en poco tiempo, mejorar su estructura institucional con una Asamblea General en la que el 50% sean representantes de la sociedad civil (de los “pueblos”) y en la que, además del actual Consejo de Seguridad Territorial, haya otro Socioeconómico y otro Medioambiental.

¿Cómo puede seguirse tolerando que se reúnan 7 Estados para decidir lo que hay que hacer en el mundo… dejando a más de 180 fuera de juego? Hace unos años, frente al desprecio secular del Partido Republicano de los Estados Unidos por el multilateralismo, se activaban los que sí lo apreciaban y requerían: el “Grupo de los 77”, el de “los No Alineados”… conseguían que las aspiraciones de muchos países se hicieran patentes. Y Europa era entonces un ejemplo de solidaridad y de buen hacer político, donde el supremacismo y el racismo -con la memoria necesaria de las raíces de la segunda guerra mundial- se hallaban debidamente reprimidos…

Debemos observar con profundo conocimiento de los diversos aspectos que concurren, el panorama actual que ofrece el planeta Tierra desde los puntos de vista ético, social, político, económico y ecológico… y darnos cuenta de que es impostergable deber pasar a la acción. Y de que en esta “movilización”, en esta toma de conciencia corresponde, por fin,  a “los pueblos” tomar en sus manos las riendas del destino común, cuyo liderazgo debe ser asumido por  las comunidades científica, académica, artística, intelectual en suma.

Las ayudas al desarrollo han decrecido sustancialmente en los últimos años. Los países más necesitados saben bien que no hay alternativa a las Naciones Unidas y que, sin una rápida coordinación a escala global, el cambio climático y la sostenibilidad del desarrollo no podrán abordarse debidamente.

Los emigrantes dejan sus países de origen porque se mueren de hambre. No me cansaré de repetirlo: cada día se invierten en armas y gastos militares más de 4.000 millones de dólares al tiempo que mueren de inanición y extrema pobreza miles de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años de edad. Los refugiados huyen de guerras incontroladas, con vaivenes cruentos… porque no son las Naciones Unidas sino algunos Estados “relevantes” los que las mueven…

Todos tenemos que incorporar a nuestro comportamiento cotidiano el convencimiento de que lo primero es proteger el supremo patrimonio de la humanidad: cada ser humano único, capaz de pensar, de imaginar, de anticiparse, de ¡crear! Es imprescindible, en consecuencia, un gran pacto mundial por la igual dignidad de todos los seres humanos y, por lo tanto, establecer las pautas de actuación y coordinación a escala local, regional y planetaria para que, contando las Naciones Unidas con los medios personales, financieros, técnicos y de defensa apropiados, se ayude a quienes más lo necesiten para poder vivir dignamente en su país de origen y se reconsideren todos los conflictos a la luz del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Sí: el primer paso para recuperar la alegría de vivir en un mundo solidario es un gran acuerdo para resolver los problemas de convivencia, numerosos en estos momentos por la total ineficacia de los poderes actuales para evitar que la evolución democrática, tan necesaria, tan procurada, tan soñada desde hace años, derive en revolución violenta. Sólo así desaparecería de nuestro horizonte personal aquella terrible sentencia  que leí a los 16 años en un libro de Albert Camus y que ahora, acuciados por responsabilidades intergeneracionales, debemos grabar en nuestras mentes: “Les desprecio, porque pudiendo tanto se han atrevido a tan poco”.

Publicado en: Other News

La fusión nuclear, objetivo esencial para una nueva era de bonanza

miércoles, 31 de julio de 2019


La obtención ilimitada de energía por fusión nuclear representaría una auténtica inflexión histórica, ya que la humanidad podría reconducir adecuada y oportunamente la actual deriva ecológica y asegurar un desarrollo humano con calidad de vida digna a escala global.



Se han venido realizando progresos para conseguir la fusión en lugar de la fisión nuclear, pero los intereses cortoplacistas de los grandes traficantes de combustibles fósiles  unidos a los de quienes restringen el ámbito de la seguridad a la hegemonía territorial han impedido que se dedicaran al proyecto científico internacional ITER los recursos de toda índole que hubieran permitido avanzar con el apremio exigible. ¡Y éste es el único acelerador que interesa ahora acelerar!



No me cansaré de repetir que ha llegado el momento de la “voz de los pueblos”, liderados por las comunidades científica, académica, artística, literaria, intelectual en suma, para conseguir una nueva gobernanza multilateral que aplique con diligencia las prioridades de las Naciones Unidas (alimentación, agua potable, servicios de salud de calidad, cuidado del medioambiente y  educación) al tiempo que aporte todos los medios necesarios para grandes  acciones conjuntas que permitan disponer lo antes posible de energía procedente de fusión nuclear.



Frente a los miopes gobernantes que no alcanzan a ver más allá de los sombríos horizontes actuales… la voz de los científicos, la voz de los pueblos en favor de los cambios que, todavía, podrían permitir un legado intergeneracional  adecuado.



Es imprescindible resistir. Resistir para no ser espectadores en lugar de actores; para ser ciudadanos del mundo cuando los retos globales  acechan, especialmente a las generaciones venideras; resistir para no permitir que se incumplan por irresponsables líderes actuales los acuerdos sobre cambio climático y desarrollo sostenible que firmaron sus antecesores; resistencia para evitar la vergüenza de la insolidaridad y la indiferencia… Espero que, una vez más, tenga razón Albert Camus cuando escribió que “Sólo los resistentes tienen la última palabra”.

¿Otra “Misión, la Luna”? No. ¡Ahora más que nunca en el pasado, ”¡Misión, la Tierra!”

jueves, 18 de julio de 2019



Estos días se celebra el 50 aniversario de la feliz culminación del viaje  a la Luna. Los primeros pasos de un ser humano en el bellísimo satélite del planeta Tierra.  No cabe duda de que desde un punto de vista científico representa un motivo de satisfacción por todos los conocimientos y técnicas que implica. Pero ahora, al revisar la historia de estos cincuenta años, debemos apresurarnos a corregir tantos y tantos aspectos que ensombrecen el éxito espacial alcanzado en 1969.  Las inmensas inversiones que se requerirían para repetir la hazaña en 2024 no tienen la menor justificación social ni ética.

Al inicio de siglo y de milenio se prepararon una serie importante de pautas de conducta colectiva para que la comunidad científica tuviera sobre todo en cuenta no el brillo de unos cuantos sino el bienestar y la calidad de vida del conjunto de los seres humanos: la Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz de 1999, la Carta de la Tierra y la Declaración de Derechos Fundamentales de la Unión Europea en el año 2000… ponían de manifiesto la necesidad apremiante de tener en cuenta antes que nada las cinco prioridades de las Naciones Unidas (alimentación, agua potable, servicios de salud de calidad, cuidado del medioambiente y educación).

Estas son las prioridades que ahora, mirando a los ojos de nuestros hijos y asumiendo nuestras responsabilidades intergeneracionales debemos tener en cuenta. Ahora, "Misión la Tierra. Ahora un nuevo concepto de seguridad que permita atender la calidad de vida de tantas personas que hoy malviven en unas condiciones inhumanas, desprovistas de lo más elemental. No me canso de repetir que es una vergüenza insoportable desde un punto de vista ético que cada día se inviertan en armas y gastos militares más de 4000 millones de dólares al tiempo que mueren de hambre y extrema pobreza miles de personas, la mayoría niñas  y niños de uno a cinco años de edad.

“El gran dominio” (militar, financiero, energético, mediático), expresado a  través de los grupos plutocráticos neoliberales, solicita más dinero para la defensa territorial… sin tener en cuenta a los habitantes de estos territorios tan bien protegidos. Miles de efectivos humanos y técnicos para la defensa, con una precariedad total de medios humanos y técnicos frente a incendios, inundaciones, tsunamis, terremotos y otras catástrofes naturales.  En 2015, gracias a las Naciones Unidas -tan marginadas por el Partido Republicano de los Estados Unidos- y al Presidente Obama, hubo un destello de esperanza al suscribirse los Acuerdos de París sobre el Cambio Climático y aprobarse en la Asamblea General de las Naciones Unidas la Agenda 2030 “para transformar el mundo”.

El Presidente Trump advirtió, inmediatamente después de su nombramiento, que no pondría en práctica ninguna de las medidas suscritas por su antecesor.

Y silencio. Silencio de la Unión Europea, tan insolidaria; silencio de la mayoría de los países que conforman el sistema multilateral; silencio de las comunidades científica, académica, artística… Silencio. Delito cómplice de silencio.

No más inversiones en artilugios bélicos y espaciales. No más manos cerradas, armadas, alzadas. Ahora manos abiertas al abrazo, a la solidaridad, al incremento de los fondos para la investigación biomédica sobre cáncer y enfermedades neurodegenerativas... para hacer frente al ébola y otras pandemias... para un medio ambiente de calidad, "para una vida digna!".

Ha llegado el momento de la transición histórica de la fuerza a la palabra. No podemos seguir callados. Sí, ha llegado el momento de que sean “los pueblos”, liderados por las mujeres y los jóvenes más avisados, los que tomen la palabra y decidan actuar en consecuencia.

NO. Otra "Misión, la Luna" o "Misión Marte", NO. Ahora, “¡Misión, la Tierra!”.

Ahora, sí, “Nosotros, los pueblos”

viernes, 5 de julio de 2019

Ha llegado el momento de, con gran apremio, implicarse en la gobernanza  a escala local y mundial para hacer frente a los procesos irreversibles que constituyen una grave amenaza para la calidad de vida sobre la Tierra.

Hace años que la UNESCO, el Club de Roma, la Academia de Ciencias de los Estados Unidos, el panel de científicos de las Naciones Unidas, han venido alertando primero y alarmando después sobre la necesidad de controlar los efectos perniciosos sobre el medioambiente –tierra, mar y aire- de emisiones de gases “con efecto invernadero” eliminados en la combustión de carburantes fósiles, especialmente utilizados en actividades industriales, transporte, refrigeración, etc.

Resultaba imprescindible, para que todos estos llamamientos no fueran desoídos y se adoptaran las medidas adecuadas, el rápido y eficaz funcionamiento del multilateralismo democrático, a través de unas Naciones Unidas dotadas de los recursos personales, de defensa, técnicos y financieros  necesarios para poder actuar con la diligencia y urgencia debidas.

El neoliberalismo no sólo desoyó tantos requerimientos de las comunidades científica y académica sino que puso las riendas del destino común de la humanidad en las manos de muy pocos países (grupos plutocráticos G6, G7, G8, G20), dóciles a la voz de su amo, que decidían siempre en virtud de intereses económicos cortoplacistas, haciendo caso omiso de síntomas de deterioro tan patentes como el cambio climático o la fusión del casquete Polar Ártico.

En el otoño de año 2015, gracias en buena medida al Presidente Obama, se suscribieron los Acuerdos de París sobre Cambio Climático y las Naciones Unidas aprobaron la Agenda 2030, que contiene los Objetivos de Desarrollo Sostenible “para transformar el mundo”.

El  periodo de esperanza fue muy breve: el Presidente Donald Trump, siguiendo las pautas de comportamiento de sus antecesores del Partido Republicano, marginó totalmente a las Naciones Unidas y declaró que no pondría en práctica los Objetivos de Desarrollo Sostenible ni los relativos al cambio climático.

Y silencio. Silencio de la Unión Europea  que todavía era vista por algunos como referente de unos valores universales que debían prevalecer.

Silencio de los grandes consorcios globales, guardianes celosos de los medios de comunicación e información.

Y silencio, el más incomprensible, de las comunidades académica, científica, artística, literaria,… intelectual, en suma.

Todos distraídos, todos mirando hacia otro lado cuando lo que deberían hacer era tener en cuenta a las generaciones que llegan a un paso de las nuestras y decirle al señor Trump que no se puede atentar impunemente contra la humanidad.

El Presidente norteamericano pidió más dinero para la defensa y todos los países silenciosos fueron, además, sumisos y corrieron  a decirle incrementarían sus inversiones en gastos militares y armas.  Por lo visto, más de 4000 millones de  dólares al día no son suficientes para la defensa territorial…  cuando en las mismas 24 horas mueren de hambre y extrema pobreza miles de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años de edad.

Ha llegado el momento de tener muy presente cuanto antecede y levantar la voz, ahora que ya, por primera vez en la historia, “los pueblos” pueden expresarse libremente.

Debemos recordar a Stephane Hessel cuando nos recomendaba indignarnos e implicarnos y a José Luis Sampedro cuando advertía a la juventud de que era necesario “cambiar de rumbo y nave”.

Es imperativo proceder sin demora a establecer un nuevo concepto de seguridad, de tal modo que estas ingentes cantidades no se destinen sólo a ejércitos y armas para defensa de los territorios, sino para disponer de unos excelentes sistemas de prevención y acción con los que  hacer frente, por ejemplo, a los incendios que calcinan, en la propia Norteamérica, miles de hectáreas, sin que se hayan adoptado durante todo el año las medidas de cuidado de los bosques que son imprescindibles y no se disponga de la tecnología terrestre y aérea adecuada para una actuación eficaz. Lo mismo sucede con otras catástrofes como las inundaciones, los terremotos, los tsunamis… En una palabra, estamos preparados y tenemos en los cuarteles a miles de soldados para abordar los conflictos bélicos pero no  los naturales, para asegurar la pertenencia de terrenos pero no el bienestar de quienes  viven en ellos.

Una vez más, si se diera a las Naciones Unidas la posibilidad de actuar como corresponde, se aseguraría a todos los seres humanos, iguales en dignidad, las cinco prioridades del Sistema: alimentación, agua potable, servicios de salud de calidad, cuidado del medioambiente y educación.

Insisto: es necesario establecer un nuevo concepto de seguridad para hacer frente a las amenazas globales. Frente a problemas que afectan a la humanidad en su conjunto, reacción de ciudadanos del mundo.  En efecto, tenemos que reconocer que, cuantitativamente, la mayor parte de los países son irrelevantes. Frente a la India o  China, cada una de ellas con más de 1000 millones de habitantes, la mayor parte de las naciones del mundo carecen, en un análisis sereno, de peso. Pero, pueden ser cualitativamente extraordinariamente influyentes, si demuestran con sus acciones, con sus proyectos, su visión del futuro, etc. que pueden reconducir las actuales tendencias en el mundo y entrar con plena esperanza en la nueva era.

Ha llegado el momento de oír la voz de “Nosotros, los pueblos”, especialmente de las  mujeres y jóvenes, que hoy adquieren, en total pie de igualdad, responsabilidades que hasta ahora les estaban vedadas.


Con profunda preocupación por el silencio de unos  y por las declaraciones de otros (como la de los responsables  de las grandes multinacionales de la tecnología de la comunicación) pienso que es el momento, sin demora alguna, de promover grandes clamores mundiales de los “pueblos”, tan prematura como lúcidamente citados en la primera frase de la Carta de las Naciones Unidas en 1945, pero que son en estos  momentos la única esperanza.

Agenda 2030. Sería una irresponsabilidad histórica no actuar de inmediato

domingo, 30 de junio de 2019

«Tendréis que cambiar de rumbo y nave».
(José Luis Sampedro en su mensaje a la juventud)
En el Antropoceno, garantizar la habitabilidad de la Tierra y una vida digna a todos los seres humanos, constituye una responsabilidad esencial porque el fundamento de todos los derechos humanos es la igual dignidad, sea cual sea el género, el color de piel, la creencia, la ideología, la edad… Siglos y siglos de poder absoluto masculino al cabo de los cuales las asimetrías sociales y la pobreza extrema predominan en una Tierra que, por influencia de la actividad humana, se deteriora.
Nos encontramos en un momento de inflexión. Es necesario que todos nos manifestemos para constituir las auténticas democracias que son precisas a escala local y global. Las crecientes desigualdades sociales, el deterioro del medio ambiente, la debacle cultural, conceptual y moral... claman por una modificación radical de las tendencias actuales. Hay momentos en que es preciso hacer realidad, con imaginación e intrepidez, lo que se juzga indebido por los anclados en la inercia, en insistir en aplicar viejos remedios para nuevas patologías. Los líderes actuales dan muestra de un cortoplacismo irresponsable. Todo buen gobernante debe tener en cuenta, en primer lugar, los procesos que pueden conducir a daños irreparables. Se trata de una cuestión esencial, de consciencia de solidaridad intergeneracional. Millones de mujeres y hombres de toda la Tierra deben gritar que no van a consentir que se alcancen puntos de no retorno, de lesiones irreversibles en el entorno ecológico que afecten sin remedio la habitabilidad del planeta.
Atravesamos una crisis sistémica que requiere cambiar el sistema, es decir, conferir el poder y la iniciativa a la sociedad y volver a orientar la acción política por los principios democráticos — tan bien expresados en el preámbulo de la Constitución de la UNESCO — y no por los mercados, tanto a escala local y regional como global.
La palabra com-partir — que era clave del Sistema de las Naciones Unidas en los años 50 y 60 — se ha ido acallando progresivamente y, en lugar de fortalecer a los países más necesitados con un desarrollo integral, endógeno, sostenible y humano, las ayudas al desarrollo se han reducido hasta límites insolentes y el Banco Mundial para la Reconstrucción y el Desarrollo «perdió» su apellido y se ha convertido en una herramienta al servicio de las grandes entidades financieras; y se ha debilitado al Estado-nación, transfiriendo progresivamente recursos y poder a gigantescas estructuras multinacionales.
Esta crisis demanda la urgente refundación de un Sistema de Naciones Unidas fuerte y con la autoridad moral que sólo poseen aquellas instituciones capaces de reunir a todos los países del mundo sin exclusión. Las ambiciones hegemónicas que condujeron a pretender gobernar el mundo desde agrupaciones plutocráticas de 6, 7, 8 o 20 países, deben dar ahora paso, como respuesta al clamor mundial que sin duda se producirá en poco tiempo, a la cooperación multilateral. He escrito ya en varias ocasiones diversas fórmulas para que tanto la nueva Asamblea General como los Consejos de Seguridad (al actual se añadirían el Consejo de Seguridad Socioeconómica y el Consejo de Seguridad Medioambiental) permitieran el pleno desempeño de las funciones que, especialmente cuando la gobernanza global así lo exige, requieren disponer de estructuras internacionales adecuadas. Como reza la Carta de las Naciones Unidas, en el menor tiempo posible deben ser «los pueblos» — y no sólo los Estados — los que tengan representación en la Asamblea General, de tal modo que el progreso científico permita una vida digna para todos los habitantes de la Tierra, a través de una economía que atienda las prioridades bien establecidas hace ya tiempo por el Sistema de las Naciones Unidas: alimentación (agricultura, acuicultura y biotecnología); acceso general al agua potable (recolección, gestión, desalinización...); servicios de salud de calidad; cuidado del medio ambiente (emisiones CO2, energías renovables, etc.); educación y paz. Una educación que proporcione a todos conciencia global. Es un aspecto crucial: el prójimo puede ser próximo o distante. Y el cuidado del entorno no debe limitarse a lo más cercano sino que debe extenderse, porque el destino es común, a todo el planeta.
El mundo de «los mercados» se está acercando peligrosamente a puntos de no retorno. Sería una irresponsabilidad histórica mantener las pautas actuales. La solución es democracia genuina a todas las escalas: mundial (multilateralismo eficiente), regional, local y personal. Es apremiante la transición de la fuerza a la palabra, reducir drásticamente el gasto en la seguridad de unos cuantos para atender la vida digna de todos (alimentación, salud...).
Es necesario escuchar a quienes desde las plazas y avenidas se han desplazado al ciberespacio y, haciendo uso adecuado de la moderna tecnología de la información y de la comunicación, serán capaces de movilizar a muchos ciudadanos que pasarán, rápidamente, de testigos a actores. Es necesario escucharles. Es necesario atenderlos, porque son, serán, por fortuna, los grandes protagonistas del «nuevo amanecer». Ya que hemos consentido que el 20% de la humanidad que vive en el barrio próspero de la aldea global se haya olvidado de quienes no tienen acceso al agua potable y a los alimentos… Son «los indignados implicados» los que han movilizado y movilizarán progresivamente a la gente para que se termine de una vez el gasto militar y en armamento — 4.000 millones de dólares al día cuando mueren de hambre miles de personas — no debemos cansarnos de repetirlo y de repetírnoslo...
En 1980 la empresa Exxon Mobile reaccionó frente al anuncio de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos de que no sólo las emisiones de anhídrido carbónico eran excesivas sino que su recaptura disminuía progresivamente por el deterioro del fitoplancton oceánico, creando una fundación que, con pseudocientíficos a sueldo, proclamaba lo contrario, como convenía a sus formidables beneficios. Al final, al cabo de varios años, se descubrió la mentira y fue publicada con toda extensión en la revista Newsweek(The Truth of Denial). No pasó nada. El gran consorcio internacional comete un delito de esta magnitud que puede afectar a la habitabilidad de la Tierra… y no se elevan las protestas de millones y millones de ciudadanos de todo el mundo que piensan en el legado que tienen la obligación de dejar a sus hijos.
No podemos seguir callados. No podemos seguir siendo impasibles espectadores de lo que acontece, porque nos convertiríamos en cómplices. Las comunidades científica, académica, docente, artística, intelectual y creativa, en suma, debe situarse en la vanguardia de la movilización popular. Es preciso que actúe ahora, con gran apremio, para asegurar que no se alcancen puntos de no retorno en la habitabilidad de la Tierra y en las condiciones de vida de los ciudadanos. Una movilización mundial, especialmente en el ciberespacio, para que sea el poder ciudadano el que, en los albores de siglo y de milenio, inicie el «nuevo comienzo» que proclama la Carta de la Tierra.
Ahora ya podemos expresarnos libremente gracias a la moderna tecnología digital, dejando de ser testigos invisibles, anónimos, temerosos y obedientes, para pasar de súbditos a ciudadanos plenos que participen y defiendan sus puntos de vista, con firmeza y eficacia, dejando de estar sigamos distraídos, mal informados, manejados por la omnipotente y omnipresente influencia del “gran dominio” (militar, financiero, energético y mediático).
Debemos apercibirnos de que hemos entrado en una nueva era en la que los seres humanos ya no vivirán confinados territorial e intelectualmente; en que la longevidad procurará una formidable experiencia que debe ser plenamente utilizada, pero depositando en personas menos añosas las funciones ejecutivas; en que los jóvenes, conocedores de la Tierra, con conciencia y ciudadanía global, contribuirán con su imaginación y su impulso a hacer realidad, por fin, el otro mundo posible que anhelamos. La inercia es el gran enemigo. Es tiempo de acción. Ya no se requieren más diagnósticos: es la hora de poner en práctica los tratamientos…
La actual situación hace más necesaria que nunca la adopción de una Declaración Universal de la Democracia (ética, social, política, económica, cultural e internacional), único marco en el que podrían ejercerse plenamente los derechos y deberes humanos. Democracia a escala personal, local, nacional, regional y planetaria: esta es la solución para todos y para todo. La fuerza de la razón en lugar de la razón de la fuerza, y comprobar la inmensa y distintiva capacidad creadora de la especie humana, que no puede reducirse a pequeños espacios y miopes objetivos.
El progresivo empoderamiento de la mujer, pieza esencial de los cambios radicales que son inaplazables contribuirá, con las facultades que le son inherentes a la convivencia pacífica, a la transición histórica de la fuerza a la palabra.
Una vez más creo que vale la pena recordar el inicio de la Carta de la Tierra, uno de los referentes más luminosos en momentos tan sombríos y turbulentos:
«Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro…».
Es necesario inventar el futuro. «Ingeniar» el futuro con la creciente participación de ciudadanos de todo el mundo, capaces de conocerse y concertarse a través de las redes sociales virtuales de creciente importancia y capacidad de movilización, que propondrán soluciones a los distintos problemas planteados, pasando a ser una parte relevante del funcionamiento democrático a escala local y planetaria. Innovación política, económica y social. Eliminación sin contemplaciones de la evasión tributaria y de la corrupción, utilizando así mismo fuentes alternativas de financiación, como el impuesto sobre transacciones financieras electrónicas; contribuciones estrictamente proporcionales a los ingresos; revisión conceptual y práctica del trabajo y del empleo, propia de la era digital…
En este «nuevo comienzo» será necesario, con rapidez y buen tino, compartir adecuadamente los beneficios que se obtienen de la explotación de los recursos naturales entre aquellos que poseen la tecnología y los habitantes de los espacios donde dichos recursos se hallen.
A partir de ahora, sucesivamente, el poder no sólo deberá oír sino escuchar las opiniones de todos los ciudadanos de forma permanente. El tiempo del silencio ha concluido.
Digamos, alto y fuerte a todos los que ahora son responsables de la puesta en práctica de las decisiones que trascienden las fronteras: es inaplazable una nueva cosmovisión con nuevos estilos de vida. El gran desafío a la vez personal y colectivo es cambiar de modelo de vida. El mundo entra en una nueva era. Tenemos muchas cosas que conservar para el futuro y muchas otras cosas que cambiar decididamente. Por fin, los pueblos. Por fin, la voz de la gente. Por fin, el poder ciudadano. Por fin, la palabra y no la fuerza. Una cultura de paz y no violencia y nunca más una cultura de guerra.

Única y apremiante solución a escala global: multilateralismo democrático

martes, 14 de mayo de 2019


“…Todo es posible… pero ¿quién si no todos?”.
Miquel Martí i Pol

Hace tiempo que, conocedor de los procesos potencialmente irreversibles, vengo alertando sobre los grandes desafíos a los que la humanidad debe hacer frente y que sólo podrán solucionarse con un multilateralismo democrático que permita evitar que se alcancen puntos de no retorno, e iniciar una nueva era en la que la razón de la fuerza se sustituya por la fuerza de la razón y las armas por la palabra,  de tal modo que puedan cumplirse las inaplazables responsabilidades intergeneracionales.

Constituiría un error histórico e irremediable que el legado del antropoceno fuera una calidad de vida gravemente deteriorada, con unos sistemas de gobernanza totalmente ineficientes confiados a unos grupos plutocráticos de 6, 7, 8 o 20 países, que esconden en realidad la hegemonía mundial que siempre ha pretendido el Partido Republicano de los Estados Unidos.

Los presidentes Macron y Sánchez, en sus intervenciones ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en otoño de 2018, pusieron de manifiesto la necesidad imperativa de reforzar el multilateralismo.

Como científico, insisto en que es preciso conocer la realidad en profundidad ya que sólo así será posible modificarla, en su caso, en profundidad. De otro modo, las informaciones y apreciaciones superficiales y sesgadas, seguirán proporcionando al público una visión deformada de los hechos y, en consecuencia, de las medidas a adoptar.

Sin Mosul y su petróleo, ¿se hubiera invadido Irak argumentando falazmente la posesión de “armas de destrucción masiva”? ¿Por qué no importa Trípoli sino Bengasi en el caso de Libia? ¿Por qué se presionó obstinadamente en atacar a Irán si no fuera porque tienen, junto a Venezuela, los mejores pozos de petróleo? Si Venezuela careciera de tan fantásticas reservas… ¿prestarían tanto interés los grandes consorcios capitaneados por el Presidente Trump?

De momento, ya ha conseguido que el gasto militar alcance su máximo histórico. Todos obedientes, todos sometidos a los designios del magnate que, al mismo tiempo, ha advertido que no pondrá en práctica los Acuerdos de París sobre Cambio Climático –en cuya firma tan importante papel jugó su antecesor el Presidente Obama- y los Objetivos de Desarrollo Sostenible aprobados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 2015 “para transformar el mundo”.  

Las cinco prioridades de las Naciones Unidas para asegurar una vida digna –alimentación, agua, salud, medio ambiente, educación- y que deberían ser el fundamento de la ayuda al desarrollo a los países más necesitados no cuentan para los grupos plutocráticos (G7, G8, G20), a los que el Presidente Reagan y la Primer Ministro Margaret Thatcher confiaron en la década de los ochenta las riendas del destino común al tiempo que marginaban al Sistema de las Naciones Unidas.

Lo más grave de cuanto acontece actualmente es que se trivializa la irreversibilidad de procesos que pueden afectar sin remedio la habitabilidad de la Tierra. Desde 1947 en que la UNESCO creó la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICM) y luego puso en marcha los Planes Geológico, Hidrológico, Oceanográfico… el gran programa “El Hombre y la Biosfera”… ; y en 1972 Aurelio Peccei, fundador del Club de Roma, advirtió de los “límites del crecimiento”; y en 1979, la Academia de Ciencias de los Estados Unidos indicó de que no sólo se estaban incrementando peligrosamente las emisiones de anhídrido carbónico y otros gases con efecto invernadero sino que, lo que es todavía peor, la capacidad de recaptura de los océanos está disminuiría sensiblemente...

Al gran público le han llegado siempre muchas más falsedades que verdades ya que –es otro gran tema que debe abordarse sin demora- son mayoría los medios de comunicación “la voz de su amo”, a sueldo de los más pujantes consorcios que han ido eliminando la capacidad de réplica de una civilización a la deriva, debido a que, como sucede en la  Unión Europea, se han situado monedas donde deberían hallarse, inexpugnables, los valores y “principios democráticos”, que establece la Constitución de la UNESCO.

Frente al triple reto del cambio climático y degradación de la biosfera, la pobreza extrema  y la amenaza nuclear, que exige la rápida puesta en práctica de un nuevo concepto de seguridad y de trabajo, de estilo de vida, estamos viviendo sin brújula y camino ya que, en lugar de favorecer la invención de alternativas ponderadas, en lugar de incrementarse cada día el número de ciudadanos responsables que sean actores de su destino y no espectadores impasibles de lo que sucede… en lugar de elevar, ahora que ya los pueblos pueden expresarse libremente, la voz en grandes clamores populares… nos dejamos amilanar, ofuscar, caminar sin rumbo. Está claro,  para el  buen entendedor, que el gran problema que nos acosa no es de diferencia sino de indiferencia, no del reconocimiento de la igual dignidad sino del supremacismo y el racismo.

Seremos ahora, por fin, “Nosotros, los pueblos”, como tan lúcida como prematuramente se inicia la Carta de las Naciones Unidas, los que tomen el relevo. Por fin, la mujer en el estrado, en pie de igualdad plena…;  por fin los jóvenes conscientes de su responsabilidad para asegurar la calidad del legado intergeneracional, actuando con gran firmeza en favor de la adopción de medidas que eviten el descalabro social de la humanidad y el empeoramiento de las condiciones de vida.

Esta movilización popular debe ser liderada por las comunidades académica, científica, artística, literaria, intelectual en suma, conscientes de que mañana puede ser tarde.

Cada ser humano único y capaz de crear, nuestra esperanza: el futuro hay que inventarlo, superando la inercia y el uso de fórmulas ya periclitadas.

Para enderezar en un momento crucial tantas trayectorias erróneas, es imprescindible la transformación de la gobernanza mundial. En escritos anteriores he resumido las propuestas actuales para refundar las Naciones Unidas así como la perentoria necesidad de una Declaración Universal de la Democracia[i] –ética, social, política, económica, cultural  e internacional- que favoreciera el pleno ejercicio por todos los ciudadanos de los derechos que les son inherentes. Es de destacar a este respecto la interesantísima y oportuna propuesta de la San Francisco Promise hecha pública el 6 de noviembre de 2018, en la que se sientan las bases para transformar la Carta en una Constitución de las Naciones Unidas, con las reformas funcionales y estructurales que son esenciales.

“Hay que cambiar de rumbo y nave”, advirtió José Luis Sampedro a los jóvenes. Sigamos, diligentemente, su consejo.



“La mano que se cierra opaca”

sábado, 20 de abril de 2019


Transcribo unos versos  del poema “Sobre el tiempo presente” de José Ángel Valente: “Escribo sobre el tiempo presente. / …Escribo sobre la latitud del dolor, / desde lo que hemos destruido / ante todo en nosotros… / …desde el clamor del hambre y del trasmundo, / …desde la mano que se cierra opaca”.

Cuando hay tantas imágenes que conmueven, que mueven a manos abiertas… nos encontramos con manos repletas, cerradas, manos armadas, alzadas… que rehúsan la máxima felicidad de dar, de darse, de compartir, de convivir, de desvivirse en favor de los más vulnerables y menesterosos.

¡Pienso tantas veces en aquella frase que leí hace muchos años en una capilla cerca de Montpellier: “Las mortajas no tienen bolsillos”!  La sociedad saciada olvida este hecho fundamental y vive ensimismada, abducida, alejada de la realidad que, de otro modo, podría sonreírle…

No podemos seguir callados, silenciosos, distraídos… cuando cada día mueren de hambre y extrema pobreza miles de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años de edad, al tiempo que los poderosos encumbrados y distantes invierten más de 4000 millones de dólares al día en armas y gastos militares.

Es apremiante que, a través de grandes clamores populares presenciales y en el ciberespacio, “Nosotros, los pueblos” –como tan lúcidamente expresa la primera frase de la Carta de las Naciones Unidas- alcemos la voz en favor de  un nuevo concepto de seguridad que no sólo atienda a los territorios y fronteras sino a quienes viven en estos lugares y requieren, para una vida digna, las cinco “seguridades esenciales” proclamadas por el multilateralismo democrático y que los grupos plutocráticos (G6, G7, G8, G20) han sustituido por gravísimas carencias: la alimentación, el acceso al agua potable, servicios de salud de calidad, cuidado del medio ambiente y educación para todos a lo largo de toda la vida…

Delito de silencio. Silencio cómplice. Ha llegado el momento inaplazable de cumplir nuestras responsabilidades intergeneracionales. De decir y escribir –ahora que ya podemos expresarnos libremente- el ineludible deber de procurar, juntas las manos y las voces, los cambios radicales que son exigibles.

Estamos ante la transición histórica de la fuerza a la palabra.  Como en los versos de Eliane Cevallos (2018), “…daré la vuelta a la esquina del silencio / y escribiré con toda el alma / sintiendo en cada letra / lo que siento”.

Cada ser humano único capaz de crear, nuestra esperanza porque, como proclamó el Presidente Kennedy en junio de 1963 y me alivia mucho repetir, “No hay ningún desafío que se sitúe más allá de la facultad creadora distintiva de la especie humana”.

Inventar el futuro… sin manos que se cierren opacas.

Mujer y juventud, piedras angulares de la nueva era

lunes, 4 de marzo de 2019


Unámonos todos y todas –la igualdad se refiere a todos y todas, sin excepción- a las manifestaciones de mujeres y jóvenes previstas para los próximos días 8 y 15 de marzo.

Las voces de la mujer y de la juventud, presenciales y en el ciberespacio, para propiciar los cambios esenciales y apremiantes que son exigibles antes de que se alcancen puntos de no retorno.

¡Por fin, “Nosotros, los pueblos”, como se inicia la Carta de las Naciones Unidas! En 1945 era prematuro porque el poder era absoluto masculino y la gran mayoría de la humanidad nacía, vivía y moría en unos kilómetros cuadrados. Eran seres humanos temerosos, obedientes, sumisos, silentes.

Hoy, gracias en buena medida a la tecnología digital, son muchos los seres humanos que pueden expresarse libremente,  que saben lo que acontece y, sobre todo, la mujer, marginada durante siglos, se halla en camino de desempeñar, en muy pocos años, el importante papel que, en plano de completa igualdad, le corresponde.

La humanidad hace frente, por primera vez en su historia, a procesos potencialmente irreversibles, lo que imprime un especialísimo vigor y rigor a las medidas que deben adoptarse para no alterar –lo que constituiría un histórico error- la calidad del legado intergeneracional.

Por desgracia, muchos siguen siendo espectadores impasibles en lugar de actores comprometidos, implicados. Los medios de comunicación –muchos de ellos son “la voz de su amo”- constituyen, en afortunada expresión de Soledad Gallego, una potentísima arma de “distracción masiva”.

Las comunidades científica, académica, artística, literaria, intelectual en suma, deberían, conscientes de la gravedad de la situación y las tendencias, liderar la reacción popular. Pero la maraña burocrática-cibernética que acompaña la deriva neoliberal y la gobernanza de sus grupos plutocráticos (G7, G8, G20) ha impedido hasta ahora –hay repuntes muy recientes que pueden ser de gran interés a este respecto- que se adoptaran las medidas que en el otoño de 2015 llenaron de esperanza a los más advertidos de la gravedad de las amenazas globales de un mundo en manos de irresponsables. En efecto, la Resolución de 21 de octubre de 2015 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, por la que se fija la Agenda 2030 con 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, se titula “Para transformar el mundo”. Y, de inmediato, se logra en París la firma de los Acuerdos sobre Cambio Climático convencidos de que era imprescindible, pensando en nuestros descendientes, actuar de forma inaplazable.

El nombramiento del Presidente Norteamericano Donald Trump, insólito en tantos aspectos, hubiera debido tener inmediata respuesta cuando manifestó que no cumpliría los compromisos contraídos por su antecesor. La  Unión Europea, exclusivamente monetaria,  no tuvo la capacidad y firmeza de acción que era necesaria en aquellos momentos. Al contrario, siguiendo las indicaciones del magnate, el G7 decidió unánimemente incrementar los fondos para defensa (se invertían ya 4000 millones de dólares al día en gastos militares y armamento al tiempo que mueren de hambre y pobreza extrema miles de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años).

Es imprescindible un nuevo concepto de seguridad en que, junto a la de los territorios, se tenga en cuenta la alimentación, salud, educación, cuidado del medio ambiente… de los que habitan estos territorios.

“Dos tercios de la humanidad tienen comunicación móvil”, es noticia del Congreso Mundial de Móviles que acaba de celebrarse en Barcelona. ¡Qué maravilla! Este puede ser el fin de la gobernanza de los grupos plutocráticos y el inicio del reforzamiento del multilateralismo democrático, con unas Naciones Unidas a la altura de las competencias que tiene que desempeñar ahora de inmediato a escala global.

Unamos nuestras voces a las de las mujeres y jóvenes que estos próximos días llevarán a cabo los primeros pasos para incorporarnos correctamente a la nueva era.

El 1 de marzo de 2016 escribí: “Vuestra voz, / mujeres del mundo entero, / es la gran fuerza / que ha de mover / lo hasta ahora inamovible. / Voz acallada / y desoída / desde el origen / de los tiempos. / Hoy se iluminan / los caminos / que recorremos / juntos, / juntas las voces, / juntas las manos, / en el inicio / de una nueva era”.

Sí: ¡unamos voces y manos!

Cuando la nave se hunde…

miércoles, 6 de febrero de 2019


de pronto, escribió Leonardo Da Vinci, ya no hay a bordo ricos o pobres, jóvenes o ancianos, blancos o negros… sólo pasajeros afanados, trabajando en común para sobrevivir, para evitar el naufragio.

Ese es el consejo que ahora deberíamos difundir por todos los medios para que los “pueblos” tomen conciencia de la situación en la que, por primera vez en la historia, se halla la humanidad. En efecto, desde hace unos años, han aparecido una serie de amenazas globales como procesos potencialmente irreversibles, que exigen que se las aborde y trate a tiempo, antes de que sea demasiado tarde.

El cambio climático es ya una realidad incontestable. El océano glacial Ártico ha desaparecido prácticamente y la Antártida empieza a agrietarse. No se ha logrado reducir los gases “con efecto invernadero”… y la habitabilidad de la Tierra se deteriora sin cesar. La puesta en práctica de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), sabiamente adoptados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en octubre de 2015 “para transformar el mundo”, no se llevan a cabo porque no cuentan con el respaldo efectivo de los grandes  países… y los ciudadanos  se hallan bajo la presión de un inmenso poder mediático que les aturde y les convierte en espectadores impasibles en lugar de actores responsables.

El neoliberalismo, capitaneado contra viento y marea por el Partido Republicano de los Estados Unidos, ha debilitado el Estado-Nación y ha sustituido el multilateralismo democrático de las Naciones Unidas por la gobernanza de unos grupos oligárquicos plutocráticos (G6, G7, G8, G20) que han conducido a la presente deriva, en la cual sólo cuenta el PIB, los intercambios mercantiles… y la discrecionalidad del Presidente Trump, al que nadie se atreve a enfrentarse.

Lo más preocupante es cómo germinan aquí y allá semillas de supremacismo, de racismo, de fanatismo, de dogmatismo… sin que nadie parezca acordarse de lo que sucedió en los año 1933 a 1939… Una gran mayoría de la ciudadanía se halla  siguiendo aturdida y obsesionada a sus equipos de fútbol o atenta en exclusiva al pasado inmediato y al presente, con reivindicaciones que, fundamentadas con frecuencia en torpezas de los que han gobernado a uno y otro lado, tendrían cabida en situaciones de menor apremio, no se da cuenta de que ahora las generaciones jóvenes y venideras son las únicas que merecen atención para conseguir mantener el mundo a flote y asegurarles una vida en condiciones aceptables.

Aunque haya razones para soñar y procurar  otros sistemas de gobernanza, aunque se estime que, por fin, se está cerca de convertirse en realidad lo que siempre se dijo que era imposible, lo único cierto es que ha llegado el momento de la unión de manos y voces y no de rupturas; el momento del multilateralismo eficiente y con autoridad a escala planetaria; el momento de la democracia genuina… porque, de otro modo, la zozobra será irremediable.

Que los medios de comunicación transmitan fidedignamente los datos sobre la sostenibilidad de la Tierra y alerten al mundo, sustrayéndose de las intencionadas noticias mercantiles y políticas que les incitan a lo contrario.

Que los grandes consorcios financieros se aperciban de la responsabilidad histórica que tienen, en situaciones sin retorno, de alentar y contribuir a la toma de  conciencia y no a la confusión y la desmesura.

Que los pueblos –“Nosotros, los pueblos”, como tan lúcidamente se inicia la Carta de las Naciones Unidas- tomen en sus manos, ahora que ya saben lo que acontece y que pueden expresarse libremente, ahora que ya son hombre y mujer, las riendas del destino común.

La nave, por no haber prestado atención a las recomendaciones que se han formulado repetidamente en las últimas décadas, se está hundiendo. Es preciso y urgente que, como en el relato leonardino, reaccionemos todos, porque a todos nos concierne, para lograr mantener en toda su grandeza el misterio de la existencia humana. “Todo es posible,… pero ¿quién si no todos?”, nos advirtió Miquel Martí i Pol.

Repito una vez más, porque para mí su lectura fue determinante, los versos de José Ángel Valente en su poema “Sobre el tiempo presente”:
“Escribo desde un naufragio.
escribo sobre la latitud del dolor,
sobre lo que hemos destruido
ante todo en nosotros…
Escribo desde  la noche,
desde el clamor del hambre y del trasmundo,
desde la mano que se cierra opaca,
…desde los niños infinitamente muertos,
…desde el árbol herido en sus raíces…
Pero escribo también desde la vida,
desde su grito poderoso
…desde la muchedumbre que padece…
Escribo, hermano mío, de un tiempo venidero”.

Inspirados por Leonardo Da Vinci, Miquel Martí i Pol y José Ángel Valente, depongamos cualquier actitud adversa al rápido restablecimiento de una adecuada y serena navegación. En los nuevos tiempos no será la razón de la fuerza la que prevalezca sino la fuerza de la razón, no las armas sino la palabra, no el  gregarismo sino cada ser humano capaz de crear, de reflexionar y decidir por sí mismo.

Si logramos mantener el buque a flote, con todos los pasajeros, la humanidad podría inaugurar una nueva era.


Artículo publicado en El País, 6/02/19