Cumplir las promesas

viernes, 15 de abril de 2016

“Entiendo cómo te hiere este dolor, 
pero canta y no llores. Tu mejor testigo es una voz en el aire
 y no el clamor que confina el discurso y, al final, 
 impide la reflexión sobre lo que está pasando”

Juan Goytisolo, “La voz y el mundo”. 


Nuestra fuerza es la de la voz y la palabra. Una fuerza indomable que, cuando se convierte en el grito de la gente, nos encamina hacia paraísos de luz y esperanza. 

Por un lado, tenemos que decir “No” a la fuerza y renunciar a la violencia. Por otro lado, tenemos que decir “Sí” a la perseverancia tenaz de no conformarnos para dejar atrás los horrores de la guerra, la imposición y la fuerza y poder entrar en el reino del encuentro y el diálogo que ha sido nuestro sueño durante tantos amaneceres. 

El futuro no puede ser tan fijo como lo es el pasado: D. Antonio Machado nos urge a revisar las lecciones de la historia para descubrir si l a descripción del pasado es fiel a los hechos. Pero, por encima de todo, nos apremia a escribir juntos el futuro. La única manera de aplacar el dolor y la memoria de las heridas del pasado es atreverse con constancia e imaginación a recorrer juntos, a conformar juntos, a habitar juntos –todos diferentes, todos iguales, todos únicos- el tiempo y el espacio que tenemos aún intacto ante nosotros. Es el legado supremo. Es la herencia suprema. 

Con demasiada frecuencia no hemos cumplido nuestras promesas. En los tiempos de prosperidad no hemos recordado las medidas adoptadas en épocas de problemas, cuando la tensión humana es más creativa y cuando la pasión y la compasión abarcan tantas cosas. 

Atreverse es esencial. Debemos tener presente las terribles palabras de Albert Camus: “Los desprecio porque, pudiendo hacer tanto se atrevieron a tan poco”. Atreverse a saber y saber para atreverse. Levantemos los ojos y miremos a la distancia. Lo que importa es lo que se encuentra en el recodo del camino, los valles más allá de las colinas que por cercanas impiden contemplar el horizonte. Sólo en la cornisa, con la niebla delante de tí, en la línea divisoria entre la luz y la oscuridad. Con más dudas que certezas. Pero esperanza porque el futuro está ahí, a la espera del surco de la arada, el agua y la semilla.

Sembrar y sembrar sin pensar en la cosecha. Muchas semillas no darán frutos, pero hay un fruto que nunca se obtendrá: el fruto de la semilla que no se ha plantado. 

No podemos permitir que la naturaleza y el corazón se marchiten al mismo tiempo. Cuando digan que no hay solución, no hay que creerlo. Es porque ellos no saben cómo encontrarla. Es porque no pueden ver más allá de las tareas apremiantes de cada hora. Cada hora hay que avanzar, inventar y trazar la ruta. 

Las respuestas están siempre dentro de nosotros, nunca afuera. Necesitamos escuchar a cada uno, a cada cosa pero, después, es necesario estar libres, obstinadamente libres para expresarnos y decidir por nosotros mismos. Ser guiados por nuestras reflexiones y no por instrucciones y sugerencias de otros. 

La esperanza es parte de la capacidad creadora de la especie humana que debe ser utilizada contra la inercia y la rutina. Actuando de otra manera y no según lo previsible. Respondiendo –como Mandela- sin odio ni rencor. 

Grandes sumas de dineros son invertidas en la protección de las fronteras y muy pocas en salvaguardar lo que yace dentro de ellas: niños, mujeres, maderas, agua, tierra, aire… Hemos llegado a aceptar lo inaceptable: niños de la calle, abandonos. ¿Qué tipo de civilización es ésta que encuentra excusas para no cuidas de los niños y considera “costoso” el tratamiento del SIDA en pacientes sin recursos económicos?

Este es el delito de silencio. Debemos trabajar incansablemente para alzar la voz, aún más voces, hasta que logremos para ti –para ti que ya estás con nosotros y para ti que lo estarás mañana- una vida más en consonancia con la dignidad de cada ser humano. Sólo entonces seremos capaces de mirarte a los ojos.

Será necesario mucho valor para, con el poder de la palabra, continuar con el cambio de todo aquello que no hemos podido o no hemos sabido cambiar. 

Un día en 1945, al final de la segunda guerra mundial, con nuestras mentes y nuestros ojos llenos de horror, prometimos evitar, a las generaciones futuras, el sufrimiento de la violencia y la guerra. Debemos ahora cumplir con apremio las promesas que no hemos cumplido.

“Manos que no dais, ¿qué esperáis?”

martes, 12 de abril de 2016

Esta expresión, atribuida a Santa Teresa, es hoy motivo de profunda reflexión, cuando observamos la mirada de los niños refugiados y emigrantes, y la de sus padres… La brecha entre los países más avanzados y los más menesterosos se ha ampliado debido al incumplimiento de los acuerdos alcanzados sobre desarrollo integral y endógeno, originando situaciones de alto riesgo para la estabilidad internacional, con un serio deterioro de los equilibrios sociales, naturales, culturales y éticos, acumulándose la riqueza en un polo, cada vez menor, y la miseria y la marginación en el otro, cada vez mayor. 

Como escribió Luis Bedés, “Los males que nos afligen, los problemas que acusamos, el hambre y la pobreza, el terrorismo y la violencia, la desigualdad y la injusticia, denotan la insuficiencia del orden establecido. Las deficiencias del orden internacional sacan a flote las internas de las naciones y, estas a su vez, afloran las del ser humano”. No podemos reposar hasta conseguir que la sanidad llegue a todos los rincones, que todos los seres humanos, sea cual sea su lengua, creencia o color, puedan vivir juntos. Hay que trabajar incansablemente sin pedir nada a cambio. “El voluntariado sigue siendo vocación universal”.

Solidaridad es dar y darse. Es vivir y sentir la alegría de la entrega. Como ha escrito Gibran Kahlil Gibran, en “El Profeta”, fuente permanente de inspiración, “Sólo dáis realmente cuando dais algo de vosotros mismos… Bueno es dar cuando os piden, pero mejor es dar antes… Todo cuanto tenéis será dado algún día… Dad pues ahora, para que la estación de las dádivas sea vuestra y no de vuestros herederos. A menudo decís: “yo daría, pero sólo a quien lo merezca”. Los árboles de vuestro huerto no hablan así… Dan para poder vivir, porque guardar es morir… ¿Hay merecimiento mayor que el del que da el valor y la confianza –no la caridad- de recibir?... Mirad primero si merecéis…”

Manos que no dais, ¿qué esperáis? 

A veces, ante la magnitud de las necesidades y la precariedad de los medios, nos sentimos abrumados y nos invade la tentación de desistir. Tenemos entonces que recordar la voz serena de otra Madre Teresa, la Madre Teresa de Calcuta que nos dejó el mensaje inolvidable de su portentoso ejemplo: “Sí: sois como una gota en el océano. Pero si esta gota no existiera, el océano la echaría de menos”. 

Para que la Unión Europea deje de ser tan sólo una comunidad monetaria y vaya completando su metamorfosis en una verdadera unión política y económica, deberá abrir de par en par puertas y ventanas, hoy tan cerradas y algunas, además, convertidas en espejos. Deberá construir puentes de solidaridad para superar los abismos que la distancian de sus vecinos. Este es el gran papel que puede desempeñar Europa: el de faro, el de bastión de los valores de la democracia, de los principios universales tan necesarios y apremiantes –en los aspectos sociales, medioambientales, culturales y morales- en estos sombríos inicios de siglo y de milenio. 

Manos que no dais, ¿qué esperáis? 

Me gusta repetir, por su inmenso calado, la frase que tanto me impactó hace ya muchos años, al leerla en una pequeña capilla cerca de Montepellier: “Las mortajas no tienen bolsillos”. No lo olviden los que hoy poseen tanta riqueza.

“Me duele este niño hambriento como una grandiosa espina”

lunes, 4 de abril de 2016

Miguel Hernández en “Viento de Pueblo”, “El niño yuntero”
 

Cada día, al levantarnos, debemos pensar en la mirada de esos niños refugiados y migrantes en los que estamos plantando semillas de animadversión y odio. Cada amanecer, sentir la herida de los miles de seres humanos que morirán hoy de hambre y desamparo. Homicidio oculto, que los medios de comunicación no nos manifiestan como deberían. Aunque no lo parezca por las noticias, tan discriminatorias y desproporcionadas, toda vida vale lo mismo y toda muerte vale también lo mismo. 

Cuando tengamos presentes a todos los niños hambrientos "como una grandiosa espina” empezaremos a actuar de tal modo que se produzcan los cambios radicales que son inaplazables. Y dejaremos de vivir con el inmenso peso en la conciencia de consentir que se inviertan todos los días miles de millones de dólares en gastos militares y armas… y que menos de un centenar de personas tenga una riqueza mayor que la de la mitad de la humanidad… Con-vivir, com-partir!... 

Cuando sean muchos los que dediquen unos momentos a pensar… y a sentir “la grandiosa herida”, el clamor popular será irresistible.