Enrique Miret Magdalena, esclarecedor de horizontes

martes, 20 de octubre de 2009

¡Qué bien acercarse al tronco recio y bien enraizado, con las ramas justas, de este sembrador infatigable de justicia, de conciliación!.

Su mirada limpia –“sólo ven bien los ojos que han llorado”, que han compadecido- llenaba su entorno.

Vivió muchos años sin cesar, sin cejar en su tarea de infundir confianza, autoestima, para que todos fueran concientes de la desmesurada facultad de cada ser humano, este misterio, quizás este milagro: ser capaces de crear, de imaginar, de inventar, de creer y no creer, al filo exacto de su libertad.

Hizo del diálogo y de la palabra el camino de la superación de la secular inercia para el cambio desde la fuerza y la imposición a la comprensión, a la escucha, a la resolución de los conflictos por la conversación.

Nunca abdicar, nunca postrarse. Las rodillas son para alzarse, nunca más para hincarse. Las manos son para tenderse, para dar y darse.

Enrique Miret nos ha dejado una estela imborrable: el legado de su obra y, sobre todo, de su ejemplo.

Personas como él se van físicamente, se vuelven invisibles pero, como sucede con las estrellas, su luz sigue llegando a nosotros con mayor fulgor cuando la noche es más oscura, aunque no existan desde hace mucho tiempo.

Cristiano en el sentido más redondo de esta palabra clave y liberadora, se des-vivió por los demás, convencido de la igual dignidad humana: por los menores –fue Director General de Protección de Menores- contribuyendo de manera notoria a la actualización y normalización jurídica de las instituciones y de las pautas de actuación que arrastraban siglos de excesos, represiones, amenazas y reclusión.

Y, ya de mayor… se ocupó con igual lucidez de los mayores: “Cómo ser mayor sin hacerse viejo”. Como él mismo que rezumaba espíritu juvenil en unas declaraciones hechas tan sólo cuatro días antes de su muerte.

Creía en un Dios que era el “impulso creador” de todo. Creía que sólo cada ser humano, único, era “los ojos del universo”, consciente de estar viviendo.

Pensar en los demás, mirar, mirarnos desde los ojos de los otros: ésta es la receta de la felicidad de este hombre sabio y bueno, de la iglesia “del Evangelio y de las sandalias”, en expresión del Obispo Pere Casaldáliga que, por lo que ha influido en mi vida, me gusta repetir.

Hay que vencer la rutina. Renovarse. El tiempo de la resignación y el miedo ha terminado. En su artículo “Hacia una cultura de paz”, publicado en “El País” en julio de 2001, escribía: “ … gran parte de la política que hay en el mundo actual consiste en convertirnos en autómatas y podernos así gobernar más fácilmente a su gusto”. Ya no espectadores, ya no súbditos. Ahora, ciudadanos… “No nos basta una democracia de representación, que es lo único que tenemos. Queremos una democracia de participación”.

No actuar nunca al dictado de los demás. No aceptar nunca imposiciones. Nuestro comportamiento debe ser el resultado de nuestra propia reflexión. En otro excelente artículo de enero de 2005, Juan José Tamayo, teólogo como él y también de gran notoriedad, resumía magistralmente el pensamiento de Miret Magdalena: “Como creyente crítico le gusta recordar y practicar la frase de Chesterton: “Al entrar en la iglesia se nos dice que nos quitemos el sombrero, no que nos cortemos la cabeza”.

En el año 2000 tuve el honor de presentar su libro de “Memorias”. En su obra “¿Qué nos falta para ser felices?” –un nuevo modo de pensar y de vivir- trata de “ayudar a pensar un camino de felicidad solidaria en el que, igual uno mismo a los demás, podamos vivir mejor y más satisfechos, conviviendo y respetando la justicia para todos y las legítimas diferencias de cada uno”… No podemos ser felices si no hacemos algo para intentar remediar los males del mundo actual”.

¿Qué podemos hacer realmente frente a los grandes retos –pobreza, exclusión, desgarros sociales- que nos afligen? La respuesta de Miret Magdalena, desde la clarividencia y la serenidad, tan bien expresada en sus libros “La paz es posible” y “La vida merece la pena de ser vivida”, es que la especie humana está capacitada para ello. Es tiempo, pues, de actuar resueltamente en favor de este otro mundo posible en el que soñamos. En el que Enrique Miret Magdalena soñaba.

Los Mensajeros de la Paz –lo sabe bien el Padre Ángel- nunca mueren, vuelan. Enrique Miret voló muy alto. Ahora vuela más alto todavía.

A su mujer, Isabel Bernal y a sus siete hijos, a sus nietos, familiares y amigos, mi más sincera condolencia por la desaparición de Enrique, que a tantos y a tantos nos pertenecía, con el consuelo de que siempre seguirá disipando brumas y esclareciendo horizontes para que miles y miles de viandantes pueda afirmar su paso, cada cual a su manera, hacia nuestro destino común.

2 comentarios

Palabras muy sentidas, estoy convencido que serán muy bien acogidas.

Decía el Mahatma Gandhi "casi todo lo que realice será insignificante, pero es muy importante que lo haga". Sin conocer la obra del Sr. Miret, estoy convencido que cada paso suyo fue una inspiración para quien le siguió. Otros, nos valemos hoy mismo de esas inspiraciones para seguir adelante. Esto es lo más bonito del ser humano en su paso por la vida.

Un abrazo,

Jorge Medina Azcárate
One brother World

20 de octubre de 2009, 20:53
Juan Pablo dijo...

Querido amigo, estamos queriendo enviarle la documentación de un movimietno social sin precedentes que verá la luz la semana que viene y que enlazará la familia, las estructuras educativas y las fuerzas sociales de todo tipo organizadas a través de la red. Desconocemos su correo-e y le rogamos que se pueda poner en comunicación con nosotros porque las fechas que manejamos son cortísimas, pues el tema está relacionado con conseguir un marco de desarrollo sostenible para la humanidad que empiece aprovechando la conferencia COP15 de la ONU en Copenhague. Tenemos una red logística preparada por más de 20 países y necesitamos personalidades que la apoyen. Mi correo es org.copenhagenmoving@gmail.com en cuanto reciba un simple ok, le remito toda la documentación. Muchas gracias y ánimo con su magnífica labor allá donde va.

21 de octubre de 2009, 17:03